[Aztlan] Again the new translation of the Popol Vuh by Sam Colop

Henry Avila hwavila at tutopia.com
Thu Feb 19 14:43:00 CST 2009


 
 
    
 
Mayanist:  
  
As I said before, I consider this the best translation ever made, and the
following article explains in detail some on how this translation has been
made.  This has a new approach, the poetic sense of the Popol Vuh.  I think
the beginning of the Popol Vuh it is some kind of Poem.  And the author (Sam
Colop) take advantage of his Kiche Poetry knowledge to make this translation
and as a native speaker of the maya Kiche he detects some mistakes and
correct them.  

 
 
 
 
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La nueva traducción del Popol Wuj


La nueva traducción del Popol Wuj
Por: Francisco Pérez de Antón

 



Escritor y lingüista, Sam Colop empleó 5 años de su vida en elaborar con
acuciosidad una nueva traducción del Popol Wuj, a partir del original que se
encuentra en la Newberry Library de Chicago. Colop aventaja a los
traductores anteriores en tener la lengua quiché por lengua materna y por
rescatar como nadie el sustrato poético del libro. El resultado de este
trabajo acaba de ser publicado por la editorial Cholsamaj y aquí presentamos
el texto que el escritor Francisco Pérez de Antón leyó durante la
presentación del mismo. 


Suele ser habitual que cuando el presentador de un libro se dirige a la
audiencia diga que se sienta honrado de comentar al público la nueva obra. Y
de tanto repetirlo, la fórmula se ha ido volviendo un tópico. 

No obstante, yo estoy obligado a utilizarlo esta noche, pues en verdad
siento que es un privilegio presentar esta nueva edición del Popol Wuj, la
obra más sustantiva y trascendental de la literatura precolombina en el
continente americano. Y el motivo se debe a que no estamos ante una
traducción más, sino acaso ante la definitiva, merced al extraordinario
trabajo de un lingüista con el talento, el saber y la dedicación del doctor
Luis Enrique Sam Colop.

Pero antes de presentarles su trabajo y hacer glosa de sus méritos,
permítanme contarles una anécdota sobre traducciones y traductores. 

Siempre me había extrañado que Moisés tuviera cuernos, dicho sea con perdón.
Y no por los motivos que uno podría suponer, sino porque desde niño nadie me
supo dar razón de  esas extrañas protuberancias que le salían de la cabeza
al célebre dirigente hebreo y que hacían de él algo parecido a un sátiro de
los cuentos de hadas, de esos que habitan en los bosques y corren detrás de
las ninfas con intenciones poco santas. La imaginación de los niños, ya se
sabe, es así. 

Pero había una buena razón para que Moisés tuviese esos apéndices, tal y
como pueden observarse en la célebre escultura de Miguel Ángel y en una
pintura de Rembrandt. Y esa razón no era de naturaleza teológica, sino
lingüística o filológica, debido a una mala traducción del llamado Libro de
los Libros. 

Resulta que la única Biblia que estos dos grandes artistas, Miguel Ángel y
Rembrandt, conocían era la traducida al latín por San Jerónimo, un texto
bastante descuidado y deficiente, pero que la Iglesia se resistía a revisar
para no tener que dar las explicaciones que una edición revisada exigía. Y
entre otros muchos errores de traducción, había un patinazo de San Jerónimo,
en el pasaje del Éxodo en que Moisés desciende del Sinaí con el rostro
resplandeciente, y que no se enmendaría hasta hace muy poco. 

Me explico. Debido a la ausencia de vocales en la lengua hebrea, la palabra
qrn lo mismo puede significar qaran (estar radiante) que qeren (llevar
cuernos). San Jerónimo usó la segunda opción y otro tanto hizo Lutero al
traducirla al alemán De ahí que, hasta principios del siglo XX, se usara una
interpretación errónea del pasaje y que el Moisés de estos dos grandes
artistas que fueron Miguel Angel y Rembrandt llegara hasta nuestros días
cornúpeta o cornudo o cachudo, como cualquiera puede comprobar si examina
las obras de estos dos grandes artistas..   
 
 

Shock cultural

Con el Popol Wuj, un texto al que se le ha atribuido en ocasiones el nombre
de Biblia maya-quiché, ha sucedido otro tanto con numerosas expresiones,
vocablos y giros que han distorsionado el sentido del texto original. Y
puedo dar fe de lo que digo, aunque no conozca ni hable la lengua quiché.

Durante el tiempo que invertí en estudiar el Popol Wuj, sin otro afán que el
de entenderlo, consulté no menos de 7 versiones de la obra. Y en todas ellas
había sensibles diferencias de traducción, tanto de bulto como en sutilezas
que alteraban por completo el sentido, no ya de una frase o un párrafo, sino
en algunos casos del contenido y la sustancia de la historia antigua de
Guatemala.

El doctor Sam Colop, que además de lingüista es escritor, conocía este
problema y ha empleado 5 años de su vida en traducir con acuciosidad rayana
en la obsesión esta joya de la literatura, la mitologíaa y la historia
prehispánicas. Y no lo ha hecho a partir de copias o textos de segunda mano,
sino del original que se encuentra en la Newberry Library de Chicago. 

El doctor Sam Colop aventaja a los traductores anteriores en tener la lengua
quiché por lengua materna, lleva más de 25 años dedicado al estudio de la
poesía maya y, por si eso no fuera bastante, ha mantenido consultas
permanentes con destacados especialistas de las culturas precolombinas de
Guatemala, como Robert Carmack, Chirstopher Lutz y Dennis Tedlock.  De ahí
que me haya atrevido a calificar de definitiva esta versión que su autor nos
ofrece en esta fecha. 

También he dicho que me consta la acuciosidad de su trabajo. Soy también
testigo de ello, así como del acerbo cultural del doctor Sam Colop y de su
precisión a la hora de traducir al español lo que para mí fue durante años
un texto difícil y oscuro que no alcanzaba a entender, debido
fundamentalmente al shock cultural que me causó en su primera lectura y a mi
incompetencia para interpretar los mitos que lo articulaban. 

Y entre las graves dudas que yo tenía sobre algunos pasajes de la obra,
había una que el doctor Sam Colop me ayudó a dilucidar y que me parece
oportuno referir en esta ocasión. Se trata de un error de traducción que se
ha venido repitiendo en versiones previas del libro y cuya trascendencia
histórico-cultural ha sido entre nosotros bastante mayor que la de los
cuernos de Moisés. 

A fin de cuentas, unos cuernos son sólo un adorno, un mal adorno, es verdad,
pero que no afecta la sustancia del relato bíblico. En cambio el error de
traducción que voy a referirles, sí afectó severamente los orígenes
históricos del pueblo maya-quiché y de Guatemala en general por muchos años.


Del mar
El desliz se encuentra en la primera página del Popol Wuj, donde el
amanuense o escriba maya-quiché se refiere a la venida a de las trece tribus
o clanes, como yo prefiero llamarlos, que repoblaron hacia el siglo X de
nuestra era el Altiplano de Guatemala, una migración masiva que describe el
Memorial de Sololá, no menor a la del Éxodo hebreo, e integrada por
k’ich’es, cakchiqueles, tz’utuhiles, tzotziles, rabinales, akahales,
tucurúes y seis más. 

El Popol Wuj responde, a mi juicio, entre otras muchas cosas, a inquietudes
y preguntas tan elementales como quién somos, de dónde venimos y a dónde
vamos después de morir. Y entre estas preguntas hay una, (de dónde venimos),
a la que los diversos traductores del texto original darían una respuesta
bastante peregrina que confunde por completo al lector que se acerca por
primera vez al texto.

 Lo más curioso de todo es que las versiones coinciden en su mayoría.
Recinos, por ejemplo, traduce que los clanes vinieron: “del otro lado del
mar”. La versión de Estrada Monroy afirma: “este libro sabemos que llegó de
la otra parte del mar”. En la versión de Villacorta se lee “visión clara
venida de la otra parte del mar”. Y la traducción de Miguel Ángel Asturias y
González de Mendoza se refiere a “la llegada de ultramar” por parte de las
tribus o clanes toltecas. 

Otras versiones del libro dicen algo semejante, quizás influidas por la idea
de que los pobladores y conquistadores del Altiplano de Guatemala habían
venido del otro lado del Océano, opinión planteada por el primer traductor
al español del texto, el dominico Francisco Ximénez, quien estaba convencido
de que los indígenas del Altiplano de Guatemala eran descendientes de una de
las tribus israelitas que seguían a Moisés, la cual se perdió en el Sinaí
durante el éxodo hebreo. Esta tribu habría cruzado el Atlántico antes de
1492, según Ximénez, y se habría establecido en estas tierras. Y hoy es el
día en que tal error se mantiene debido, en opinión de Carmack, al deseo de
“cristianizar” este originalísimo texto prehispánico.

Para un hombre que no ha conocido otra explicación del origen del Universo
que el que proporciona la cultura cristiana, el Popol Wuj no es sólo un
texto inquietante, sino un shock cultural del que es difícil sobreponerse. Y
eso fue lo que me ocurrió a mi en su día, hace 45 años, cuando lo leí por
primera vez. La semejanza de algunas creencias cristianas, como el origen
del mundo o la divinidad de Cristo, con los mitos de una cultura tan
distinta como la maya-quiché, me planteó un grave conflicto espiritual,
primero, y una terrible confusión, más tarde, de la que sólo pude librarme
dedicando muchas horas a estudiar mitologías de los orígenes. 

El motivo se debía a mi arraigado catolicismo y a la imposibilidad de
contemplar otra vía de concebir los orígenes del hombre y el mundo que no
fuera el del Génesis. Y sólo mi terquedad por poner en duda mis certezas me
condujo a entender muchas cosas. Una fue el por qué el positivismo, la
filosofía y el laicismo del siglo XIX llegaron a la conclusión de que las
creencias que los cristianos mantienen como misterios o verdades
incuestionables son sólo mitos o fábulas elevadas a la categoría de fuero
religioso. La otra, que esta afirmación, ofensiva para el cristiano, como
puede suponerse, no lo es menos para el hombre o la mujer de cultura
maya-quiché cuando se le dice que sus creencias son puros mitos, opinión
iniciada por Francisco Ximénez, el primer traductor del Popol Wuj y
mantenida durante siglos por la Iglesia católica.

Esta reflexión, que sé bien puede levantar ampollas teológicas, me parece
importante hacerla, pues la imprecisión o error del Popol Wuj que acabo de
señalar sobre los orígenes de los pueblos del Altiplano de Guatemala, se
convirtió con los siglos en una intencionada distorsión de la historia que
nadie se atrevía a rectificar para no tener problemas con la Inquisición,
por la misma razón que ni Miguel Ángel ni Rembrandt se atrevieron a quitarle
al bueno de Moisés los cuernos,
Y así vino a suceder que el Popol Wuj pasó a ser durante siglos una obra
descalificada y relegada a un segundo plano por tratarse de un suma de
“vicios y desviaciones de los misterios cristianos”, como escribió Ximénez,
quien, como tantos otros, pensaron que cristianizando el  Popol Wuj se
evitaba que la cosmovisión maya-quiché compitiera con la cristiana e
impidiera que la nueva fe se impusiera sobre la que se guardaba en estas
tierras. 
 
 
Traduttore, traditore
Pero voy con el mencionado error de traducción. 

¿Cuál era la explicación, me preguntaba yo, de esa “venida del otro lado del
mar”, como decían las traducciones anteriores del Popol Wuj, y que me tenía
perplejo? 
Los clanes toltecas procedían, según sabemos, del Noroeste de México. Pero
los textos de aquella gran marcha, de aquella migración masiva, no hablan de
un viaje marítimo. 
¿De qué litoral procedían entonces? ¿Cruzaron realmente el mar? ¿Desde
Europa? ¿Desde Asia? ¿O ese mar era sólo una ensenada que, por sus grandes
dimensiones, pudiera haberles parecido el océano? ¿Se referían a la Laguna
de Términos, en el actual estado mexicano de Campeche, o a alguna entrada de
agua, de las muchas existentes en esa zona del Golfo de México? Y si no
habían cruzado el océano, ¿qué significado podía tener esa enigmática frase,
según la cual los clanes toltecas venían “del otro lado del mar”? 
No creo en los milagros, ni en interpretaciones miríficas y rocambolescas,
como la que dio Ximénez al origen de los pueblos del Altiplano de Guatemala,
pero tampoco era capaz de salir del laberinto en el que me había metido con
el propósito de dilucidar este y otros pasajes del Popol Wuj. 

Ignoraba yo que la respuesta estaba en la traducción y en la lingüística...
y en el saber del doctor Sam Colop. 

Un día le pregunté si las traducciones previas del Popol Wuj habían vertido
defectuosamente al castellano la expresión “del otro lado del mar” y si la
palabra mar, en la lengua k’iché, quería decir algo distinto a lo que la
palabra mar implica en español, o si podía tener un significado distinto,
como por ejemplo, masa o extensión de agua, y no océano. 

La respuesta textual del doctor Sam Colop fue reveladora. El texto k’iche’,
me dijo, habla de “el lado del mar” no “del otro lado del mar”. Y esta,
cuando menos para mí, luminosa aclaración me permitió finalmente entender
cómo fue el éxodo de los clanes toltecas hasta la tierra prometida por su
oráculo. 

Hoy sabemos que bajaron por la Costa del Golfo de México hasta la Laguna de
Términos y que desde allí emprendieron el ascenso a Guatemala siguiendo las
cuencas de los ríos Usumacinta y Grijalva hasta las alturas de Tacaná y las
Verapaces. De resultas, la traducción más lógica de esa misteriosa frase del
Popol Wuj que tanto ha confundido a los investigadores, debería referirse,
no a los clanes que vinieron “del otro lado del mar”, sino “de la orilla del
mar”, como ha traducido finalmente el doctor Sam Colop. 

Tal es el enigma que se escondía en la primera página del Popol Wuj, merced
a una mala traducción, y que esta nueva versión de la obra aclara hoy a sus
lectores.  Y me he atrevido a contarlo porque es un ejemplo que conozco
bien. Por esto las traducciones previas de la obra tenían otros defectos y
errores que el doctor Sam Colop ha venido a corregir ahora. Traduttore,
traditore, dice el proverbio italiano (traductor, traidor), una maldición
que pende sobre toda persona que se atreve a verter un texto escrito en un
idioma a otro, sin tener los conocimientos lingüísticos y filológicos
necesarios para atacar tal empresa. 


Escuchar la poesía

Mi comentario a este Popol Wuj, por tanto, quedaría incompleto si no me
refiriera, además de sus vericuetos históricos, a su aspecto literario. Y la
razón estriba en que su traducción ha sido hecha, no sólo por un lingüista,
sino por una persona interesada y especializada en el verso maya-quiché,
virtud que sin duda permitirá al lector “escuchar” el ritmo del texto
original y aproximarlo a su musicalidad nativa. 

Me refiero a ese tono de salterio bíblico tan común en la literatura
precolombina de Mesoamérica, a ese ritmo del libro de los Salmos que sitúa
al amanuense original del Popol Wuj (o quizás deba decir al cantor) a la
altura lírica de otros grandes poetas en otras lenguas y que nos revela que
el arte literario es uno solo.

Pondré algunos ejemplos de esta cadencia y esta musicalidad del texto. 
El primero tiene que ver con la creación del mundo. Y he aquí la traducción
del doctor Sam Colop:

Todo está en suspenso,
todo está en reposo
       en sosiego,
todo está en silencio,
todo está en murmullo
         está vacía la bóveda del cielo

Esta figura literaria, en la que tiene lugar esa repetición de palabras
dentro del poema, concatena y matiza la composición literaria y la dota de
una intensa emoción y de una gran fuerza expresiva, debidas al ritmo que
crea la insistencia.
Véase este otro ejemplo:

No había movimiento,
nada ocurría en el cielo.
No había nada que estuviese levantado,
sólo agua reposada,
sólo el mar apacible,
sólo reposaba la soledad.

Los poetas de todos los tiempos han utilizado con frecuencia el recurso de
la anáfora, pues tal es el nombre de esta figura retórica, y de entre ellos,
a modo de paralelismo, extraigo estos versos de Juan Ramón Jiménez, Premio
Nobel de Literatura, en los que también una soledad cercana a la que
describe el Popol Wuj se utiliza como recurso reiterativo para provocar una
intensa emoción en el lector:

¿Soledad, y está el pájaro en el árbol?
¿Soledad, y está el agua en las orillas?
¿Soledad, y está el mundo con nosotros?
¿Soledad, y estás tú conmigo, solos?

Lo que indica que los ritmos y las figuras poéticas están dentro de
nosotros, del ser humano de todas las culturas y los tiempos, no importando
cuál sea la lengua en que se escriban. Y es una fortuna, como digo, que el
doctor Sam Colop sea lingüista y escritor, pues eso le ha permitido verter
al español una versión del Popol Wuj no sólo renovada y precisa, sino
enriquecida con su métrica y sus ritmos originales.    


Libro iniciático

Diré más. El Popol Wuj rebasa los usuales apelativos de libro sagrado o
abuelo de la historia nacional de Guatemala. A mi juicio, es difícil no ver
en el Popol Wuj, además de una etnografía mitificada, un libro iniciático y
educativo repleto de enseñanzas de toda índole.

Cada cultura tiene sus imágenes privativas/, sus símbolos inconfundibles/,
sus héroes peculiares/ y sus monstruos característicos. Pero detrás de esas
particularidades palpitan los mismos sueños/, los mismos temores/, las
mismas necesidades espirituales y síquicas de todo ser humano/, cualesquiera
que hayan sido su patria, su lengua o su linaje. De ahí que no quiera
concluir mis palabras sin hacer una invocación que me parece oportuna e
importante.

Los mitos, como los héroes, no son inventos inútiles ni creaciones sin
propósito, sino historias con mensajes válidos para las diferentes etapas de
nuestra vida y los papeles que jugamos en cada una de ellas. Los héroes como
Hunahpú e Ixbalanqué, y los mitos, como la victoria contra los señores de
Xibalbá, no se fabrican. Son productos espontáneos de la sique y modelos de
conducta que nos ayudan a enfrentar la vida/, a ser mejores personas/, a
alcanzar el éxito o la felicidad/ y a servir a la mente infante de ejemplo
para entender el mundo y empezar a relacionarse con él. Pues los mitos no
son otra cosa que una dramatización simbólica de los problemas eternos del
hombre.

El Popol Wuj, la obra más coherente y significativa de la mitología y la
literatura prehispánicas, entra de lleno en este tipo de función cultural. Y
cuando es leído con esta perspectiva, se nos revela como un manual educativo
de primer orden que elucida las preguntas claves de la existencia. 

He sostenido y sostengo que la singularidad del Popol Wuj reside en su
ecumenismo y en que sus personajes y sus mitos concuerdan con el contenido
universal y moral de la naturaleza humana que todas las culturas buscan
difundir entre sus miembros más jóvenes. 

Por todo ello es importantísimo que este texto se divulgue entre el público,
se glose a los maestros y se les explique a los niños.  Pues las verdades
que encierran sus fábulas, así como la sencillez con que iluminan y enseñan
las diferentes etapas de la experiencia humana, constituyen, a mi modo de
ver, un libreto elemental de toda iniciación a la vida. 

Sólo me resta dar la bienvenida a esta brillante traducción y edición del
Popol Wuj y extender mi más cordial y efusiva felicitación a un hombre que,
como el doctor Sam Colop, ha dedicado a ella su sabiduría, su arte y un
esfuerzo digno del mayor encomio.

 
 
 












Atentamente,


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