El Refugio Rocoso de el Gigante: Mesoamérica Arcaica y las Transiciones Hacia la Vida en Asentamientos
Apéndice II: Formación y Geología de un Sitio Prehumano
El Gigante se formó en un acantilado de roca volcánica como consecuencia del agua que fue deslavando la toba sólida. Esta cama de roca está formada por rocas que pertenecen al Grupo Padre Miguel, una formación geológica de tefras volcánicas que se depositaron en el Mioceno y en el Oligoceno, que cubrió la totalidad de la parte sudoccidental de Honduras (Kozuch, 1991).
En base a los resultados del reconocimiento y de las observaciones realizadas en el campo, puede decirse que casi todos los refugios rocosos y cuevas de las tierras altas de La Paz son similares en su geomorfología. Muchos están en la etapa de "formación activa" debido a la acción del agua. Al contrario que en El Gigante, la mayoría de los refugios rocosos que existen en la toba de las camas de roca de la región, tienen agua que se va filtrando por los planos débiles y por las fracturas del lecho rocoso, sacando finalmente a la luz la roca volcánica. Si bien son secos y habitables durante los meses de octubre a mayo (la estación seca aproximada), se inundan cuando llegan las lluvias. El Gigante es un caso único en este sentido, ya que se mantiene seco todo el año, a pesar de las precipitaciones pluviales.
El Gigante sólo llegó a transformarse en un "sumidero" sedimentoso más recientemente en su evolución. Hace ya mucho tiempo que el agua dejó de fluir a través de El Gigante. Los abundantes "agujeros parecidos a metates en el suelo", que aún están a la vista, son rasgos geológicos. Con anterioridad, se los identificó como pozos cavados por saqueadores. Mientras que por un lado es cierto que los sedimentos que en ellos se acumularon han sido perturbados, el hecho de reconocerlos como rasgos geológicos es clave para nuestra interpretación. Tal vez desde una época tan lejana como el Plioceno, dos cursos de agua directamente adyacentes a la cueva y que pudieron haber sido los causantes del tallado de la forma original del refugio, pueden haberse separado o cambiado su curso. En ese punto, los agregados volcánicos exógenos (las tefras blancas de las que hablamos más arriba) pasaron a ser, desde el Pleistoceno Medio al Tardío, la fuerza dominante en la evolución de los sedimentos de los refugios. En el transcurso del Holocénico, la formación de los refugios se vio influenciada por actividades antropomórficas y por una erosión coluvial muy lenta del techo y de las paredes mismas del refugio.
Un análisis de la distribución por tamaños de granos puede proporcionar información paleoambiental adicional acerca de estos procesos coluviales. En el Périgord de Francia, Henri LaVille (1980) ha demostrado que pueden reconstruirse los períodos glaciales e interglaciales en base a la cuantificación y al tamaño y frecuencia de los fragmentos. Si asumimos que la erosión tiene un correlato con los períodos de mayor humedad, para El Gigante existiría la posibilidad de un análisis similar. La evaluación inicial de los histogramas del tamaño de los granos no revela ningún modelo con el que nos sintamos a gusto como para interpretar que se deben a cambios climáticos. Sin embargo, algunas de las distribuciones de las partículas sedimentarias pueden ser indicativas de la intensidad del uso humano del refugio. Se necesita trabajar más para dilucidar ciertas variables confusas con variaciones encolumnadas de muestras (volumen e intervalo temporal).
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