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Dinámica Cultural del Valle del Mezquital durante el Epiclásico
Tula
Entre la séptima y décima temporadas de trabajo arqueológico en Tula, Hidalgo, bajo la dirección de Jorge Acosta, se centraron las exploraciones en las Salas 1 y 2 del Edificio 3 o Palacio Quemado. Ambas salas tuvieron banquetas que corrían a lo largo de los muros interiores, en la Sala 2 cubierta con hermosos relieves que representan una procesión. Adosados a las banquetas en ambos cuartos se encontraron altares, dos de ellos conteniendo las ofrendas que nos interesan (Acosta 1954:95-106, 112-114; 1955:146-154, 167-168; 1956-57:100). En el Altar Sur de la primera sala se recuperó:
"[
] una importantísima ofrenda que se encontraba a 25cm de profundidad y que consiste en un recipiente cilíndrico con tapa, hecho en piedra caliza y pintado de rojo. En su interior se encontró una placa de jade y 18 cuentas de concha (láms. 45 y 46). La placa que todavía conserva bastante pintura roja, tiene perforaciones para ser usada como pendiente (lám. 47). Es de color verde oscuro y en ella se talló magistralmente, una figura humana que ocupa toda la superficie de una de sus caras. [
] El personaje está visto de frente y de pie, con la mano izquierda sobre el pecho, lleva orejeras circulares y como tocado, un gran penacho que le cae a ambos lados." (Acosta, 1954:104) (Figura 10a, abajo)
Acerca del altar en el que se encontraron estos objetos, Acosta señala que se trata de una superposición, pues está construido sobre el piso general de la sala y a partir de la banqueta circundante (ibíd:106). Esta situación es la misma del Altar Este en la Sala 2, donde:
"[
] a los 0.20cm de profundidad, se halló un recipiente de piedra de forma cilíndrica y con tapa, también pintado de rojo. [
] al levantar la tapa se vio que contenía una hermosa placa de jade, dos conchas y 16 pequeñas cuentas de este material (lám. 27). La placa fue usada seguramente como pectoral, en vista de que tiene dos perforaciones laterales. Sobre una de sus caras tiene esculpida una bella figura humana vista de frente (lám. 28). Los cabellos están sujetos sobre la frente con un adorno circular y caen a los lados con rizos. Lleva dos orejeras circulares y sobre el pecho pende un collar de cuentas esféricas. Tiene las manos sobre el tórax, agarrando un objeto circular que ha aparecido sobre otra escultura en Tula [
]." (Acosta, 1955:152-153) (Figura 10b)

En el mismo trabajo, el autor presenta una lámina comparativa donde están presentes la figurilla apenas descrita, la escultura tolteca con la que encuentra similitud, la placa hallada por Sáenz en Palenque y tres ejemplos de piezas provenientes de Monte Albán; podríamos incluir una placa que se expone en el Museo Nacional, procedente de Guerrero, que reúne los mismos rasgos.22 Los brazos están levantados en la posición que frecuentemente observamos en otras figuras, a la altura del pecho y con las palmas de las manos enfrentadas, tal vez representando la misma actitud, pero en esta ocasión sostienen entre las manos un objeto cuyo significado o funcionalidad se desconoce.23
Tenemos conocimiento de tres placas más del mismo estilo provenientes de Tula, dos de ellas de jade y la tercera de concha. La primera se exhibe actualmente en la Sala Tolteca del Museo Nacional, donde no se detalla su contextualización. La segunda fue recuperada durante las exploraciones en la Localidad El Canal por parte del Proyecto Missouri (Diehl, 1983, fig. 51), pero además de su imagen y procedencia general no se proporciona mayor información. Por último, algunos autores ilustran o hacen referencia a un fragmento de concha grabado en estilo maya del Clásico Tardío, hallado por Désiré Charnay en Tula a finales del siglo XIX y que actualmente se encuentra en el Field Museum of Natural History de Chicago (Easby, 1961:72; Thompson, 1973:217; Schele y Miller, 1986:78, 89, fig. 5; Paredes, 1990:13-14; McVicker y Palka, 2001). Se pensó durante mucho tiempo que se trataba de concha de abulón, cuyo origen se restringe al norte del océano Pacífico y Golfo de California (véase Schele y Miller, idem); sin embargo, en un estudio reciente se ha propuesto que corresponde en realidad a la especie Pinctada mazatlanica, también circunscrita al Pacífico pero con una extensa distribución que abarca desde el Golfo de California hasta Perú (McVicker y Palka, 2001:179). Se ha considerado que la pieza fue tallada por lo menos dos veces y que finalmente se exportó a Tula (Schele y Miller, idem; McVicker y Palka, ibíd:179, 182). Es lamentable que no existan datos sobre su contextualización, pues además de ser una pieza única se observa en ella un fenómeno interesante: aunque la composición, la postura y parte de la indumentaria del personaje ciertamente son de estilo maya, no ocurre lo mismo con el fenotipo (McVicker y Palka, 2001:182) que parece más cercano a las representaciones toltecas.24 Adicionalmente el individuo porta orejeras tipo Q y nariguera de barra, ornamentos ausentes en las placas mayas conocidas por nosotros, pero que aparecen juntos y con frecuencia en las representaciones escultóricas de Tula (Jiménez, 1998) y ocasionalmente en esculturas o murales de sitios mayas como Seibal, Chichén Itzá y Halal, o del Centro de México, como Cacaxtla, durante el Clásico Terminal (McVicker y Palka, idem, fig. 12). Para McVicker y Palka las similitudes entre estos motivos iconográficos y el ornamento de concha son indicadores de contemporaneidad (ibíd:183)
Puede pensarse que la placa fue tallada en Tula emulando el estilo maya y tal vez utilizando como referente una placa de jade original de aquella región,25 pero entonces resultaría extraño que el objeto muestre en una de sus caras una serie de glifos mayas, que de ningún modo son un rasgo extensivo al Altiplano Central. Quienes la han estudiado sostienen que el grabado anterior y posterior de la pieza se realizó en episodios distintos, habiéndose dañado la inscripción cuando se representó la figura (Schele y Miller, 1986:78; McVicker y Palka, 2001:181). ¿Puede esto tener alguna relación con los rasgos no-mayas de la imagen central? McVicker y Palka comentan: "Si fue un talismán poseído por extranjeros que no estaban familiarizados con los textos mayas, la inscripción en sí misma pudo haber sido de poca importancia" (idem). De tratarse efectivamente de una exportación maya, podría ser que su destino estuviera previsto desde que la placa se talló por segunda ocasión. Esto aportaría alguna información sobre el momento de su arribo a la capital tolteca, pues la integración de rasgos alóctonos (frecuentemente del Centro de México) y su arreglo en una composición con raíces locales, es un fenómeno común en las tierras bajas mayas a partir del Epiclásico (Wren y Schmidt, 1991; McVicker y Palka, 2001:194). Creemos que uno de los candidatos plausibles para su fabricación es Chichén Itzá, sitio con el que Tula sostuvo una íntima relación.
En realidad no se cuenta con elementos suficientes para fechar confiablemente la presencia en Tula de ninguna de las placas de jade. Se ha dicho que la ocupación en El Canal se remite a la fase Tollán (Diehl, 1983:91; Healan, 1989:163; Healan et al, 1989:244; Paredes, 1990:85), pero nuestro desconocimiento sobre la procedencia exacta y el contexto en el que fue encontrada la pieza de jade, nos impide reflexionar sobre su presencia en ese lugar.
Se tiene un poco más de información sobre las figuras del Palacio Quemado, pero su asignación temporal se dificulta al no haberse recuperado material cerámico asociado. En cuanto al edificio mismo, algunos elementos cerámicos recolectados durante las exploraciones de Acosta le sugieren una temporalidad tardía (1945, en Paredes, 1990:122). En realidad, el edificio estuvo en funciones durante fase Tollán pero es plausible que su construcción se remita por lo menos a la fase Corral Terminal (dentro del Periodo Antiguo en la secuencia definida por Acosta), dada la presencia de tiestos Coyotlatelco y Mazapa Líneas Ondulantes (Paredes, 1990:60, 122; Gómez et al, 1994:17). Se ha propuesto que la construcción en Tula Grande inició en época Coyotlatelco, cuando el centro ceremonial de Tula Chico todavía estaba en funciones, y que el sector monumental de fase Tollán se desplantó sobre aquella primera construcción (Mastache y Cobean, 2000:101). Respecto al Palacio Quemado, Robert Cobean y Elba Estrada se refieren a una serie de ofrendas, localizadas al centro del mismo edificio, como depositadas entre los años 900 y 1000 D.C. (1994:77).
En cuanto al hallazgo de las placas de jade, la supuesta ubicación tardía del recinto llamó la atención del propio Acosta, quien tenía conocimiento de las piezas provenientes de Oaxaca y Palenque:
"[
] que en Monte Albán haya representaciones parecidas a las de Tula no es de extrañarse, porque las últimas fases de esta gran urbe ya corresponden al Período Histórico y por tanto, son contemporáneas al Horizonte Tolteca. [
] Pero lo que sí es desconcertante es el ejemplar de Palenque que corresponde al Período Clásico, es decir, anterior a Tula." (Acosta, 1955:167) (como ya hemos expuesto, en ambos lugares se han fechado los hallazgos alrededor del Epiclásico)
La presencia de las placas en el Palacio Quemado es un fenómeno que puede ser interpretado por lo menos en tres direcciones, las dos primeras desligadas de nuestra propuesta cronológica:
- De encontrarse estas piezas y aquella de El Canal en contextos primarios, correspondientes a fase Tollán (y de ser acertada la temporalidad propuesta para esta fase), la vigencia del fenómeno que hemos descrito sería mayor que lo propuesto y sus exponentes más tardíos se encontrarían en la antigua capital tolteca. Por supuesto las implicaciones de esto serían mucho mayores, incluyendo que no se conserva el patrón observado para la disposición de las piezas en los contextos de sitios vecinos.
- Se puede pensar que las piezas se encontraban ahí por una situación similar a la de Cerro de las Mesas, es decir, tiempo después de haber sido fabricadas y habiéndose modificado su funcionalidad y simbolismo originales. Así, las piezas pudieron ser retomadas de contextos más tempranos en el mismo sitio (Tula Chico, por ejemplo), haber sido conservadas como reliquias o, considerando una estrecha relación con aquellos toltecas que supuestamente habitaron la península yucateca durante el Postclásico Temprano, ser importadas desde el sur, ya hacia finales de Fase Tollán.26
- La alternativa que nos parece más viable es que las figuras fueron depositadas en el transcurso del siglo diez, o quizás antes, como ocurría con placas de jade similares en lugares cercanos (Sabina Grande y Barrio de la Cruz, por ejemplo), y como ocurría con otras ofrendas en el mismo Palacio Quemado, que se han situado entre los años 900 y 1000 D.C. (Cobean y Estrada, 1994:77), cerca del momento en el que presumiblemente se obtuvo la placa de concha. En este caso, las singularidades en la integración de los contextos en Tula podrían deberse a la emulación de patrones deposicionales de otras regiones, pensando específicamente en los contextos ya reseñados del Templo del Chac Mool y la subestructura de El Castillo, en Chichén Itzá. Es interesante la gran semejanza que hay entre la disposición de los objetos hallados por Acosta y estas dos ofrendas: en los cuatro contextos se encontraron las placas de jade como parte de collares de concha, dentro de recipientes de piedra con tapa de la misma forma y dimensiones muy cercanas, en tres de los casos las piezas fueron depositadas en un altar y en los cuatro casos en relación con edificios donde se exponían esculturas tipo Chac Mool (Erosa, 1939:244; Acosta, 1955:147-151, 164-167; Marquina, 1990 [1951]:853, 855, foto 422). Las cajas toltecas no contenían mosaicos de turquesa, pero en la misma Sala 2 del Palacio Quemado fue recuperado uno de ellos por Acosta (1957, en Mastache y Cobean, 2000:121) y otro más años después (Mastache y Cobean, idem), con el diseño de serpientes que se observa en dos de los discos de Chichén. Las homologías entre todos estos depósitos son uno más de los singulares rasgos que comparten Chichén Itzá y Tula: "No cabe duda de que la gente de estas dos áreas mantuvo un contacto directo, y hay clara evidencia de la dispersión de una ideología político-religiosa altamente estructurada" (Sanders, 1989:216). El principal obstáculo para abordar la naturaleza de las relaciones entre estos dos sitios reside en que, como comenta Peter Schmidt (1999:444), aún quedan en ambos importantes detalles en la cronología absoluta y relativa por solucionarse.
Notas Finales
- Eduardo Noguera describe una escultura del Museo Nacional, proveniente de Xochicalco, que muestra similitud con el monolito tolteca: "[
] un personaje de pie que sostiene entre las manos un disco perforado." Sin embargo, en esta ocasión "La cabeza aparece dentro de las fauces de una serpiente y ostenta grandes orejeras." como ocurre en las imágenes de las placas de jade. Noguera concluye: "Esta deidad se ha identificado como Chalchiuhtlicue" (1960:61). Karl Taube ilustra otra escultura del Clásico Tardío, procedente de Puebla, nuevamente con tocado de serpiente y sosteniendo un objeto similar (2000b:318, fig. 10.27c).
- Sobre el elemento circular Acosta nos dice: "[
] ha sido identificado provisionalmente como un espejo mágico, de los que utilizaban los sacerdotes para sus adivinanzas" (1955:167). En la misma Sala 2 del Palacio Quemado se han recuperado varios espejos de pirita (Mastache y Cobean, 2000:121). Karl Taube muestra dos figurillas de estilo teotihuacano que fueron recuperadas por Joseph Ball como parte de una ofrenda en Becán, también sosteniendo un objeto circular entre sus manos, que también identifica como un espejo (Taube, 1992:179-180, fig. 10). En otro trabajo el mismo autor comenta que fue éste un tema escultórico relativamente común en Mesoamérica durante el Clásico Tardío (Taube, 2000b:317). El pendiente que porta el personaje en la placa de concha que trataremos a continuación, también ha sido interpretado como un espejo (McVicker y Palka, 2001:182).
- McVicker y Palka han realizado un extenso estudio sobre esta pieza (2001). Comparándola con otras de materia prima y manufactura similar, los autores encuentran cierta similitud con un bivalvo sobre el que fue tallada la figura de un personaje sentado, procedente de Panaba en el extremo noreste de la Península de Yucatán (ibíd:179). Aunque en un estilo muy cercano al ejemplar de Tula, los autores subrayan que los rasgos faciales de la placa de Panaba son más "clásicos" mayas y la sitúan tentativamente en el Clásico Tardío/Terminal. Subrayan a su vez la similitud entre esta última representación y la escena grabada en una vasija de tecalli, recuperada con un jade figurativo en una ofrenda en Uxmal (idem).
- Debe resaltarse que ninguna de las placas de jade que se conocen para Tula parece haber sido importada desde el Área Maya. En las ilustraciones de este texto pueden compararse las piezas de esta úlitma región con las halladas por Acosta. La figura del Museo Nacional se asemeja más a las zapotecas y la proveniente de El Canal está fragmentada y es de un trazo bastante simple, dificultándose su relación con alguna de las variantes regionales de este estilo.
- Aunque menos plausible, debe considerarse la posibilidad de que las piezas hubiesen sido llevadas al sitio ya en el Postclásico Tardío, por parte de grupos mexica. Con frecuencia se han registrado contextos intrusivos con materiales aztecas (entre ellos cerámica IV) en los edificios de Tula Grande (1954:86; 1955:136, 145, 147, 164) y ofrendas similares en cajas de piedra se rescataron en el Templo Mayor, a decir por la información que acompaña a una de las placas de jade expuestas en el museo de este último sitio. Sin embargo, de los informes de Acosta se desprende que el escombro que cubrió al Palacio Quemado (material resultante del desplome del techo a raíz del incendio y derrumbe del edificio) sirvió como relleno a una plataforma mexica, y en este caso por lo menos el Altar Este de la Sala 2 hubiese quedado totalmente sellado.
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