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Laura Solar Valverde
 

Dinámica Cultural del Valle del Mezquital durante el Epiclásico

Esferas de Interacción y Redes Distributivas en Mesoamérica

"Esta dispersión [de las placas de jade] plantea interesantes problemas,
pues no es congruente con nuestra impresión general del aislamiento
de las tierras bajas mayas en tiempos del Clásico Tardío,
y el limitado intercambio de piezas cerámicas en ese momento"
(Proskouriakoff, 1974:14)

A pesar de que se ha considerado a la Cuenca de México como actor principal en el discurrir histórico de Mesoamérica, no fue ésta un agente primordial en el establecimiento de los sistemas de comunicación e intercambio prehispánicos. En la peculiar geografía mesoamericana las franjas costeras fueron importantes arterias por las que transitaron objetos e ideas, ramificándose tierra adentro. Por desgracia es aún precario nuestro conocimiento sobre estas áreas comúnmente consideradas marginales, y los esfuerzos de quienes trabajan en la costa apenas comienzan a llenar este vacío.

Importantes distancias culturales y geográficas se redujeron vía el Golfo de México y en este sentido, como comenta Jaime Litvak, es importante considerar la importancia de Veracruz "como reducto general en una red mesoamericana total" (1987:204); agregaríamos al Istmo de Tehuantepec como un nudo de igual magnitud en conexiones culturales (Schmidt, 1999:427; Fash y Fash, 2000:433) y, desde luego, como antesala de otro corredor de relevancia: El Pacífico.

Por lo menos desde el periodo Formativo44  se configuraba en Mesoamérica una red con algunos cauces principales, como aquellos que corrieron paralelos a las franjas costeras fusionándose en el Istmo, aquellos que abrazaban a la Cuenca y aquel que se adentraba a ésta desde el sur. Nos dice el arquitecto Ignacio Marquina:

"Son mucho más abundantes los restos de cerámica pertenecientes a este periodo, que demuestran la gran extensión de la cultura arcaica, ya que se encuentran en los Estados de México, Querétaro, Morelos, Hidalgo, Veracruz, Tamaulipas y Guerrero […] Sin embargo, el estudio detallado de estos tipos […] parecen demostrar que el centro de la cultura arcaica no estuvo en la Mesa Central, sino que se trata de una cultura periférica debida a la influencia sobre los pueblos que habitaban el centro de México, de una cultura ya desarrollada en la costa del Golfo, desde Tamaulipas hasta el sur de Veracruz, que se extendió por la cuenca del río Pánuco y por los valles de Puebla y de Morelos, hasta Teotihuacán y Cholula, y después hasta Michoacán y Guerrero. Esto indicaría que desde esta época, que ya podría colocarse dos o tres siglos antes de la Era Cristiana, había ya cierta unidad entre las culturas del Golfo y las de la Mesa Central, y por consecuencia en los monumentos y en la cerámica ciertos elementos comunes que persisten a través de su desarrollo posterior […] los elementos básicos de los edificios son también, desde entonces, los mismos en todas partes, aún cuando después van diferenciándose con modalidades propias de cada región."(Marquina, 1941:137-138)

En un estudio comparativo entre Veracruz y la Región Maya, Eric Thompson nos muestra que las relaciones entre estas regiones durante la época prehispánica fue una constante: "[…] desde la época formativa hasta la llegada de los españoles, Veracruz y la región maya fueron vinculados por fuertes eslabones culturales" (1953:453). Las evidencias de contacto abarcan desde Guatemala y Belice, atravesando los estados de Chiapas y Tabasco hasta el Golfo de México, y de ahí al norte a lo largo de la costa hasta Tampico.45  En general esta conexión corresponde al área bautizada por Lee Parsons (1969) como la "Periferia de las Tierras Bajas Costeras" (Peripheral Coastal Lowlands o PCL). Llama la atención de Thompson la interrupción en el uso compartido de tipos cerámicos durante el Clásico, pero no el de otros muchos elementos (ibíd:450). Éste es un ejemplo de que, a pesar de su utilidad como referente cronológico y correlativo, los cambios que en cerámica se observan abruptos no siempre son sinónimo de equivalentes fracturas en el sistema social.

Thompson menciona que, en contraste con la estrecha comunicación hacia el sur, los grupos de la Huasteca parecen ajenos a sus vecinos tierra adentro. Es cierto que los vínculos no son tan evidentes, pero existen. Habría que preguntarse por qué vía arribaron al sur de Querétaro y oeste de Hidalgo los ejemplares de concha provenientes del Golfo,46  y de qué modo fue posible la integración casi idéntica de contextos en el poniente hidalguense y el norte de la Península de Yucatán (ver pág. 30 este volumen).

Dada la enorme coincidencia entre el estilo arquitectónico y escultórico de Chichén Itzá y Tula, se ha considerado a las sociedades que habitaron la franja costera del Golfo como intermediarios en la estrecha relación de estos dos sitios. Ha llamado siempre la atención, sin embargo, la aparente escasez de materiales cerámicos compartidos entre todas estas áreas, y especialmente de rasgos culturales comunes a Tula y sus vecinos del oeste (Diehl y Feldman, 1974:106; McVicker y Palka, 2001:193). Esto, en realidad, parece derivar de la poca información arqueológica con que se cuenta para el centro de veracruz y la Huasteca. A medida que se realizan exploraciones arqueológicas, aquel vacío de rasgos y objetos comunes comienza a disolverse.

En algún momento se pensó que no existían tipos en Tula que pudieran considerarse importaciones desde la Huasteca, ni lo contrario (Diehl y Feldman, 1974:106). Sin embargo, en el Postclásico Temprano se encuentran en el Valle del Mezquital los tipos Las Flores Polícromo, Tlaxco Negro sobre Blanco (Fournier, 1995:446-447, figs. 20 y 21, cuadro 9) y presumiblemente el Inciso con Baño Blanco del Periodo V en la secuencia de Ekholm (véase Ochoa, 1984 [1979]:36); posteriormente aparecen el Tancol Policromo y Negro sobre Blanco del Periodo VI (Ekholm, 1944:364, 431-433; Ochoa, 1984 [1979]:39-40) (p.e. véase Fournier, 1995, figs. 20 y 21). La presencia de cerámica Huasteca del Periodo V también se ha especificado en Tula (Cobean, 1978:119; Diehl, 1983:115, 144; Healan et al, 1989:246) y se ha supuesto que el concepto de arquitectura circular, presente por ejemplo en el edificio de El Corral, es resultado de un "impacto" huasteco (Diehl, 1983:143). En sentido contrario, se ha observado que "Unos pocos tipos cerámicos en el área de Tampico y otros lugares se asemejan cercanamente a materiales de la fase Tollán y arquitectura parecida a la tolteca puede observarse en Castillo de Teayo y otros sitios" (Diehl, 1983:144). La interacción entre estas dos áreas es también congruente con el sistema fluvial, pues el río Tula es tributario del río Pánuco (Diehl y Feldman, 1974:107). Para Diehl y Feldman esta relación representa el desvío hacia el norte de la expansión de Tula, debido a que hacia el oriente se vió impedida por la presencia de Tajín (Diehl y Feldman, 1974:107). Sin embargo, entre la capital tolteca y sociedades asentadas en la parte central y sur del territorio veracruzano también se observan coincidencias materiales (Cobean, 1978:119; Diehl, 1983:115, 144; Healan et al, 1989:246; Paredes, 1990:58, 77, 196, 210).

En Tula se han detectado cerámicas similares a Isla de Sacrificios (Healan et al, 1989:246) y Tres Picos (Diehl, 1976:263), en el centro de Veracruz. Se piensa que el Naranja Fino, tan común entre los sitios del sur veracruzano, Tabasco y Campeche, está ausente en Tula (Diehl, 1983:115; Healan et al, 1989:246-247; McVicker y Palka, 2001:193), pero Cobean y Mastache especifican que no lo hay en "cantidades significativas" (1989:44), además de que una vasija completa se exhibe en el museo de sitio. Beatriz Braniff argumenta que sí hay Naranja Fino en Tula (Braniff, 1972:289) y también en otros sectores del Centro Norte del Altiplano, como Carabino, al norte de Guanajuato (Braniff, 1972:280-281) y Villa de Reyes, al sur de San Luis Potosí (Braniff, 1992:152); Nalda lo menciona para San Juan del Río, al sur de Querétaro (1975:98; 1991:34). Esta cerámica se reporta también en la Huasteca, donde se aprecian conexiones estilísticas con varios tipos de Pánuco (Ochoa, 1984 [1979]:36). Es posible que del centro de Veracruz provengan las figurillas con ruedas que han sido recuperadas en Tula (Diehl y Feldman, 1974:106; Diehl, 1976:266; Diehl, 1983:109; Diehl y Mandeville, 1987:239,241), y que también hay en la Huasteca.47

Existen igualmente similitudes entre algunos rasgos iconográficos de Tula y la región de El Tajín, como en el caso de la Estela de Cerro de la Morena (véase Pascual, 1990). A propósito de una lápida proveniente del Edificio J en la antigua Tollán, Karl Taube señala que el trato (donde se anexa a la imagen de Tlaloc un hocico alargado) es similar a las imágenes del dios de la lluvia del Tajín (en Mastache y Cobean, 2000:124). Ringle, Gallareta y Bey comentan que en el Juego de Pelota Sur de este último sitio fueron representadas esculturas tipo Chac Mool y el arquitecto Marquina menciona una especie de Chac Mool en Misantla, algunos kilómetros al sureste del Tajín (Ringle et al, 1998:203).

Volviendo a la Huasteca, hemos mencionado que se ha supuesto un aislamiento con respecto al resto del territorio mesoamericano hacia el Clásico y Epiclásico, considerándose que durante los Periodos III y IV los tipos huastecos no muestran relaciones directas con otras áreas culturales, en contraste con la cerámica del periodo siguiente (Thompson, 1953:450; Ochoa, 1984 [1979]:31). Sin embargo, coincidimos con Lorenzo Ochoa cuando dice que "[…] todo tiende a indicar que dichas relaciones no serían del Periodo V, sino más bien debieron empezar desde el anterior, esto es, en la última parte del período Clásico […]" (1984 [1979]:33).

El intercambio de objetos entre el Valle del Mezquital, la Huasteca y el centro/sur de Veracruz no se limita al periodo Postclásico. En la primera de estas regiones se han identificado a partir del Epiclásico vasijas con pastas que pudieron ser importadas desde la costa (Fournier, 1995:61, 69; véase para Región Huichapan-Tecozaulta, Socorro de la Vega Doria, com. pers. 2001; para Chapantongo, Cervantes y Fournier, 1996:118; para Tula, Matos, 1974:67; Diehl, 1983:115, 143, Healan et al, 1989:246; Paredes, 1990:58, 77, 196, 210) y algunas piezas locales que muestran grandes semejanzas en forma y decoración con las de la Huasteca. En el Pozo 1 de Tula Chico se reporta "cerámica del Golfo" (Matos, 1974:67) y García Payón ha señalado que los sitios de Tuzapan y Castillo de Teayo tienen cerámica Mazapa (1971, en Diehl y Feldman, 1974:107).

Otros objetos posiblemente importados desde la Huasteca o el centro y sur de Veracruz, desde por lo menos el Epiclásico, son los malacates decorados o bañados en chapopote de Sabina Grande y Tula (ver nota 18, también Diehl y Feldman, 1974:106; Paredes, 1990:194, esta autora menciona también "pedazos" de chapopote en dos cuartos del sitio Cerro de la Malinche, en los alrededores de Tula ibíd:153-154).

Es lo más factible que la relación entre Tula y la península yucateca se mantuviera estrecha por esta vía (McVicker y Palka, 2001:194) y que de manera natural dicha relación alcanzara otras áreas del Centro Norte del Altiplano, nuevamente, desde el Epiclásico. Como ejemplo de ello puede citarse la famosa pipa hallada en el Templo de los Guerreros de Chichén Itzá (Morris et al, 1931:177-179, lám. 21) que se ha considerado importada desde la capital tolteca o desde Michoacán (Porter, 1948:210; Thompson, 1966, en Cobean, 1978:73). Diez ejemplares similares (piezas completas y fragmentos) fueron localizados en Tula durante las exploraciones del Palacio Quemado a cargo de Acosta, pero con esa excepción su frecuencia en esta ciudad no es significativa (Cobean, idem). Contrastablemente estos objetos son abundantes en otras zonas de Hidalgo cerca de sus límites con Querétaro, donde es posible que fueran manufacturados y si no, donde su uso se observa bastante generalizado (Figura 11 y Figura 12). Sobre este tema volveremos más adelante.48

Figura 11. Tomado de Porter, 1948.

Figura 12. Pipas recuperadas en el Valle del Mezquital, municipios de Tecozautla y Huichapan.

Otra muestra clara de los vínculos sostenidos entre el área de Tula y las tierras del sur, volviendo al Postclásico Temprano, es la sorprendente abundancia de cerámica Plumbate y varios ejemplares de Nicoya Policromo en el sitio hidalguense (Diehl, 1976: 263; 1983:115; 1987:142; Cobean, 1978:97, 114; Cobean y Mastache, 1989:44; Healan et al, 1989:246; Paredes, 1990:84). No se ha encontrado cerámica Plumbate en la Huasteca (aunque existe una imitación local de ella; un tipo "plomizo" que también fue importado por Tula, Ochoa, 1984 [1979]:38) pero sí en el centro de Veracruz (Diehl y Feldman, 1974:106), mientras que en Los Tuxtlas y hasta la cueva de Balankanché se han recuperado Braseros Efigie Tlaloc (Thompson, 1973:268; Cobean, 1978:105; Cobean y Mastache, 1989:46) cuya producción se atribuye a Tula durante su fase Tollán.

Quizás las redes establecidas entre la región de Tula y la franja costera del Golfo, con seguridad desde el Epiclásico, se fortalecieron con el avance de los años. Cabe preguntarse si no es una posible consecuencia de ello el paulatino abandono de la tradición cerámica rojo sobre bayo y la integración de lozas naranja y crema que caracterizan al apogeo de la antigua Tollán; un viraje que ha inquietado a varios autores (véase Cobean, 1978:96-97; 1982:75-76; Healan et al, 1989:244).

Siguiendo otra vertiente de relaciones interregionales, entre Tula y Xochicalco también se han subrayado algunas coincidencias (Noguera, 1941:161; Sáenz, 1962a:73-80; Litvak, 1972:67), considerando al segundo como importante influencia en la glífica y el arte temprano del primero, además de en su arquitectura (Cobean, 1978:56; de la Fuente, 1995:174). En esta relación la Cuenca de México pudo también jugar un papel secundario. Hasta donde sabemos, son pocas las evidencias que vinculan directamente a Xochicalco con los asentamientos clásicos y epiclásicos del Valle de México, a pesar de que algunos elementos en su arte y escritura derivan de ahí. Debra Nagao considera que las esculturas xochicalcas muestran motivos iconográficos pero no rasgos estilísticos teotihuacanos, y advierte que "Parece que Teotihuacán no fue una importante pareja comercial ni un centro de influencia en la emulación artística de Xochicalco" (1989:96; Litvak sostiene una postura antagónica, 1972:57-59).

Desde tiempos teotihuacanos se observa una relación diferencial entre La Cuenca de México y los Valles de Morelos, siendo mucho más estrecha con los sitios situados al centro y oriente del estado (Angulo y Hirth, 1981; Sugiura, 2001:372). En algunos puntos del Valle Occidental se han recuperado materiales teotihuacanos (incluyendo a Xochicalco, Sáenz, 1962a:80), pero aparentemente resultan escasos en comparación con su abundancia en el resto del territorio morelense (Angulo y Hirth, 1981:86-87). De cualquier modo, durante el Epiclásico Xochicalco parece haberse desvinculado del Valle de México (Sugiura, 1996:234, 238; 2001:349, 360, 376).

Este contraste sigue una lógica geográfica. Mientras que en la porción central y oriental existen varios pasos naturales que conectan con la Cuenca, al norte del Valle Occidental comienza la pronunciada Serranía del Ajusco. El sistema serrano se extiende hacia el norte delimitando o rodeando al Valle de México (Angulo y Hirth, ibíd:82). Es factible que los habitantes de esta sección de Morelos hubiesen mantenido un poco más de comunicación con las poblaciones al oeste de la Cuenca, entre ellas las del vecino Valle de Toluca. Quizás también con el Valle del Mezquital por la misma vía, alcanzando Jilotepec y más tarde el área de Tula; o siguiendo hasta Huamango. En este último sitio se conjuntan tipos cerámicos tanto de la región toluqueña como de la porción oeste del Mezquital (Segura y León, 1981:116-117) lo mismo que en Teotenango (Nalda, 1996:269, nota 17) y ya se han señalado similitudes entre algunos componentes de la vajilla tolteca y cerámicas del Valle de Toluca49  y de Michoacán (Acosta,1940; 1941; 1945; 1956-57 en Cobean, 1978:72).50  Por la presencia de cerámica matlatzinca en Xochicalco, Noguera sugiere que la conexión de éste con Tula pudo haberse sostenido através del Valle de Toluca (1941:161), una red que ya en el Postclásico Medio se reconoce por la dispersión de la cerámica Tlahuica, que desde luego abarca Morelos y la zona Matlatzinca (Litvak, 1972:69), pero que también alcanza al Valle del Mezquital, donde se han identificado algunos tiestos (de la Vega Doria, com. pers. 2001).

Existen algunas evidencias más que relacionan a Xochicalco con el Valle de Toluca. Jaime Litvak menciona para finales del Epiclásico que "[…] los tipos relacionan el valle [de Xochicalco] con el norte de Guerrero y la zona de Toluca" (1987:206) pero no especifica a qué ejemplares se refiere. Es posible que se trate de la cerámica con engobre naranja grueso, cuya distribución sigue un patrón similar, ausente en la Cuenca de México y el sector oriental de Morelos pero vinculando a los valles de Xochicalco, Malinalco y Toluca, durante el Epiclásico (Sugiura y Nieto, 1987:459-463; Sugiura, 2001:360). Esta cerámica se encuentra también en tierra caliente guerrerense, donde se propone su origen dada la inclusión de concha triturada en la pasta (Sugiura y Nieto, ibíd:458, 463). Adicionalmente, Sugiura menciona que se han identificado algunos "rasgos xochicalquenses" en el estilo arquitectónico y escultórico del Sistema Norte en Teotenango (1996:242; 2001:360).

Por último, resulta muy significativo que durante el Epiclásico en Xochicalco se importó obsidiana desde Michoacán (Garza y González, 1995:128). De los resultados del Xochicalco Mapping Project se desprende que Ucareo/Zinapécuaro fue, por mucho, el principal abastecedor de obsidiana (Healan, 1997:77, 1998:102; Healan y Hernández, 1999:136; Hirth, 2000:284-290) y la forma más sencilla para hacerlo debió ser atravesando precisamente ese valle de Toluca, que también obtenía obsidana de la misma fuente (Sugiura, 1996:234, 247; 2001:360, 383-384)51

Otra fuente importante de obsidiana para Xochicalco fue Zacualtipan, Hidalgo (Hirth, 2000:284-290; Cobean, 1998:135), y es interesante que este material se ha identificado, también para el Clásico Tardío, hasta Laguna Zope y Ejutla, en Oaxaca, y algunos puntos de Chiapas y Guatemala (Cobean, 1998:135; Nelson y Clark, 1998:282-283, 293-296).

La región xochicalca destaca por los vínculos que mantuvo con múltiples lugares. Se ha considerado que su auge debió mucho a su postura estratégica con respecto a variados sistemas comerciales, conectándose directamente con Guerrero, el Estado de México, Oaxaca, el Área Maya y la Costa del Golfo (Litvak, 1972; Senter, 1981:149; de la Fuente, 1995:146-147, 155, 173-174; L. Luján, 1995:270; Hirth, 2000); sin embargo, el carácter de las relaciones que sostuvo esta sociedad con otras dista mucho de ser unicausal. El comercio pudo ser una de las principales, pero la adopción y adaptación de rasgos estilísticos, glíficos y numéricos ajenos, sugiere que existieron también otros canales de comunicación (León Portilla, 1995:35). Nos dice Debra Nagao: "[…] pareciera que Xochicalco trataba de desarrollar su propio estilo, tomando elementos simbólicos y glíficos de una variedad de fuentes, sin permitir que ninguna fuente particular predominara" (1989:97), y los "[…] estilos que se mezclan y confunden dan origen a una nueva personalidad" (de la Fuente, 1995:188, 194).

Volviendo a la posible comunicación entre el Centro Norte del Altiplano y el Valle Occidental de Morelos, Jorge Acosta observa que "[…] tanto los jeroglíficos como los numerales toltecas se parecen más a los zapotecas que a los de cualquier otra cultura. Esto quizá nos indica que hubo algún intercambio cultural entre la última etapa de Monte Albán y Tula y aunque no sabemos por dónde se produjo, creemos que pudo haber sido a través de Xochicalco, sitio donde existen algunos signos calendáricos comunes a ambos lugares […]" (Acosta, 1954:92). El sistema de escritura y numeración es de los aspectos primordiales por ser de los pocos testimonios rastreables de intercambio informativo. A Xochicalco este aspecto lo vincula principalmente con Oaxaca y el Área Maya (Sáenz, 1962b; Litvak, 1972:61).

Se ha propuesto que la relación de los valles oaxaqueños con el Altiplano Central durante el Clásico tuvo una base principalmente intelectual, debido precisamente al desarrollo de estos sistemas numéricos y de escritura (Coggins, 1980:59; Winter, 1998:157), pero la extensión de estos contactos se ha subestimado. Poco se sabe de su impacto en otras áreas fuera de Teotihuacán y temporalmente su presencia se supone limitada al periodo de auge de esa ciudad: "[…] la presencia Zapoteca en el Centro de México puede ser más compleja y haberse dispersado más que lo que se ha documentado en Teotihuacán." (Winter, 1998:160-161, nota 4). Se sabe, por ejemplo, de asentamientos con cerámica oaxaqueña en lugares de Hidalgo, como Chingú (Díaz, 1981:109) y el noreste de Tepeji del Río, en El Tesoro y Acoculco (Cobean, 1978:84; Cobean et al, 1981:189-190; Diehl, 1987:133; Cobean y Mastache, 1989:37; Hernández, 1994). Quienes han abordado la dispersión de elementos zapotecas en el Centro de México sugieren que las relaciones iniciaron desde temprano (Paddock, 1972b:257) y continuaron después del Clásico, independientemente de que ambos Monte Albán y Teotihuacán habían perdido la mayoría de su población y poder político (Winter, 1998:176-179; Scott, 1998:185).

También desde el formativo se percibe una estrecha relación entre las sociedades oaxaqueñas de los Valles Centrales y las mayas (Fash y Fash, 2000:439), fortaleciéndose a medida que avanzaba el periodo Clásico (Coggins, 1980). Es posible que dicha relación haya tenido mucho que ver con la integración de Xochicalco a las redes mayas, si ésta se dio a través de la Mixteca y la parte media del estado, aunque también pudo ocurrir paralela a la costa del Pacífico, como sugiere Jiménez Moreno: "[desde el formativo] parecen haber llegado influencias mayenses hasta Xochicalco–según Noguera–quien cree que el camino probable debió ser a lo largo de la Costa de Oaxaca–donde Brockington y De Cicco hallaron objetos mayoides–y luego por la costa de Guerrero, en la que Moedano encontró elementos análogos" (1959:1049-1050). Por esta vía parece también haberse dispersado hacia el este y sur el estilo Mezcala, que de acuerdo con Sáenz alcanzó hasta Guatemala y Costa Rica (1962a:53).

A pesar de que se ha profundizado en las relaciones que los Valles Centrales de Oaxaca sostuvieron con tierras lejanas, pocas menciones se hacen de la situación que prevaleció con sus vecinos de la costa. Nuevamente el sistema de escritura vincula estas dos áreas (Urcid, 1993; Joyce, 1993:76), cuyos desarrollos en otros aspectos culturales se perciben ajenos (Joyce, ibíd:72-75). Aparentemente, la fracción costera que corresponde a Oaxaca construyó un sistema cultural relativamente independiente, aunque enganchado a la red comercial de los Valles Centrales oaxaqueños que demandaba ornamentos de concha de esa región por lo menos durante el Formativo (Joyce, ibíd:69-72); al Centro de México durante el Clásico (Joyce, ibíd:74-76); y de manera continua a la red bautizada por Lee Parsons como la "Periferia de las Tierras Bajas Costeras" (PCL), que incluye territorio salvadoreño, guatemalteco y chiapaneco, para luego ascender por el Istmo y abarcar prácticamente todo el territorio veracruzano (Zeitlin, 1993:121-122, figura 1) (sobre la relación entre ambas costas ver además Sáenz, 1962a:42-45; Fash y Fash, 2000:439). También con estos vecinos de las PCL los habitantes de la costa oaxaqueña parecen haber sostenido una relación no exclusivamente comercial, pues el vínculo principalmente se expresa en rasgos de un culto compartido (Zeitlin, 1993; Joyce, 1993:76).


Notas Finales

  1. A propósito del rastreo de ciertos materiales como el jade, la obsidiana verde y las plumas de quetzal, el ingeniero Joaquín García Bárcena concluye: "[…] muchas de las rutas de intercambio estuvieron en uso desde el Preclásico y, todas al parecer, a partir del Clásico, aunque el uso de la ruta del N.W. (La Quemada-Chalchihuites) parece establecerse no antes del Clásico tardío. […] Se observa, pues, una constancia en las rutas comerciales utilizadas en Mesoamérica a través del tiempo, aunque la intensidad de uso de una ruta determinada pudo no ser constante. Esta constancia pudo deberse a que los materiales susceptibles de acarrearse a grandes distancias fueron deseables durante todo el periodo comprendido entre el Preclásico Medio y el S. XVI […]" (G. Bárcena, 1972:154). Por su parte, Jaime Litvak habla de "[…] un patrón formalizado de rutas que comunicó a Mesoamérica, en su totalidad y regionalmente, y que sirvió para el transporte tanto de artículos como de ideas. Dicha red debió establecerse desde épocas muy tempranas, seguramente no posteriores al Preclásico y sufrió cambios constantes durante su existencia. Estos cambios reflejan […] el patrón también cambiante de interacción cultural en la superárea." (1972:72). Véase también Jiménez (1989:36) y Jiménez y Darling (1992:22) a propósito de los ’antecedentes estructurales’ de redes macrorregionales.
  1. Un ejemplo que refuerza la tesis de Thompson con respecto a los alcances de esta red es la cerámica con reborde basal, tan diagnóstica de Xochicalco, sobre la que Eduardo Noguera nos dice: "[…] se encuentra en el periodo Monte Albán I, y debemos también mencionar que ese mismo rasgo aparece en las cerámicas de otras regiones, como en el área Tampico-Pánuco y Tres Zapotes y Cerro de las Mesas, del Estado de Veracruz. […] en forma prácticamente idéntica en cerámicas de San Agustín Acasaguastlán, en Guaytan y en la de Uaxactun, localidades mayas situadas en Guatemala" (Noguera, 1960:69; ver también Sáenz, 1962a:80). Un rasgo más que vincula esas regiones y que aparece también en Xochicalco son los yugos y hachas (Sáenz, 1962a:42-45, 80), relativos a la práctica del juego de pelota.
  1. A partir del análisis de conchas procedentes de La Negreta, al sur de Querétaro, se sabe que por lo menos durante el Clásico arribaron a esta región ejemplares tanto del Atlántico como del Pacífico (Brambila Velasco, 1988:291). En Tula aparecen también piezas del Pacífico y el Golfo (cfr. Diehl, 1976:262; 1983:92, 94; Cobean y Estrada, 1994:78) y algunos ejemplares de concha recuperados en El Zethé se sabe que vienen del Golfo (López Aguilar, com. pers. 2002).
  1. Las figurillas con ruedas abarcan una amplia distribución en Mesoamérica. Además de en Tula, se han encontrado en Tenenepango (faldas del popo); Xolalpan (Teotihuacán); y en los estados de Michoacán, Guerrero y Nayarit (Diehl y Mandeville, 1987). En Veracruz las hay en Tres Zapotes, Pavón, Pánuco; Nopiloa, Remojadas, Cocuite y Tlalixcoyan, y algunos ejemplares se han recuperado en Centroamérica, por ejemplo en el sitio de Cihuatan, en El Salvador (Diehl y Mandeville, 1987). En la región de Tierra Blanca, Veracruz, se considera que corresponden al Clásico Tardío (Von Winning y Stendahl:171, 207, fig. 277). Braniff (1992:107-109, lám. 10h) ilustra lo que creemos podría ser una rueda de estas figuras, en Villa de Reyes, y lo mismo opinamos sobre algunas procedentes de Sabina Grande, Hgo., cuya relación con Tula ya se ha destacado. Diehl y Mandeville consideran que las figurillas con ruedas fueron inventadas en el centro de Veracruz en algún momento después del año 600 D.C., pero que la manufactura de la mayoría de ellas y su dispersión hacia el norte de Veracruz, el Centro de México y el Sur de Mesoamerica ocurrió entre 1000-1100 D.C. (Diehl y Mandeville, 1987:240, 243). Sin embargo, los mismos autores comentan que esto pudo ocurrir uno o dos siglos antes y simplemente no se cuenta con evidencia de ello: "Si esta reconstrucción histórica es correcta, la diseminación del concepto de figurillas con ruedas pudo haber sido parte de un proceso de difusión mayor [que] involucró la dispersión de motivos arquitectónicos de la costa del Golfo, elementos iconográficos, el juego de pelota y parafernalia asociada, y otros conceptos rituales de élite hacia muchas partes de Mesoamerica después de 600 D.C. (Parsons, 1969; 1978; Sharp, 1978; 1981). Entre las áreas que recibieron estas influencias se incluyen el Centro de México; la costa pacífica, pie de monte y tierras altas del sur de Mesoamerica; y Yucatán –y de éstos sólo en Yucatán no existen hasta ahora evidencias de figurillas con ruedas" (Diehl y Mandeville, 1987:243).
  1. Un ejemplo más de que los vínculos con las tierras del sur involucraron otras áreas en Hidalgo además de la región de Tula, podría ser el uso de ’azul maya’. En 1996, con ayuda del Profesor Luis Torres del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM, se analizaron muestras del pigmento que decoraba algunas piezas cerámicas provenientes del sitio "Los Huemás", municipio de Nopala de Villagrán. A partir de pruebas de reflexión, refracción, composición, textura, etc., se comprobó que se trataba del colorante conocido como ’azul maya’ (Solar, 1997:66-67). Este pigmento fue identificado por vez primera durante los estudios de murales en Chichén Itzá a cargo de Merwin (1931), y bautizado en 1942 por R. Gettens y G. Stout, con el nombre de la región cultural en la que se observa su uso generalizado (1942:130; Gettens, 1961-62:557). Actualmente se sabe que la distribución del azul maya no se restringe a la región homónima, sino que sigue un patrón mucho más amplio que abarca dentro de la República Mexicana a varios estados. Sin embargo, el componente orgánico que da la coloración azul es una planta perenne conocida como indigófera, que crece en lugares y climas muy restringidos, especialmente la zona sur del país y norte de Centroamérica (Grinberg, 1987). Las diferencias en tonalidad dependen del tipo de arcilla que se emplee en la preparación, y se han identificado en general tres tipos distintos (Navarrete y Valencia, 1988:50, 52). Es posible que esta diferenciación responda a patrones regionales de preparación del pigmento, donde no necesariamente se importara el producto terminado, sino la planta y el método de fabricación (Solar, 1997:68-69). Por desgracia nuestra muestra proviene de superficie, por lo que no tiene hasta ahora un valor cronológico.
  1. Nos dice Cobean: "En algunas zonas fuera del área de Tula se encuentran varios tipos que posiblemente sean transicionales entre los tipos Coyotlatelco y Macana. Se trata de cajetes trípodes hemisféricos que presentan "banda ancha roja" y que al mismo tiempo tienen diseños pintados de tipo Coyotlatelco. García Payón (1941) Du Solier (1941), y Piña Chán (1975) han descrito estos tipos para el Valle de Toluca, especialmente en Calixtlahuaca y Teotenango." (Cobean, 1982:75)
  1. Coincidimos con Acosta en que hay algunas vasijas procedentes de Michoacán cuya forma (no así su decoración y posible función) es extraordinariamente similar a la de algunos cajetes y molcajetes trípodes tipo Macana descritos por Cobean para el área de Tula, especialmente en los soportes "[…] con un área tabular ancha en la base que algunas veces hace que el soporte de perfil parezca una silueta abstracta con la cabeza de un pato" (Cobean, 1990:299, lám. 137). Adicionalmente, algunos ejemplares de Macana muestran decoración al negativo, del mismo modo que algunos ejemplares michoacanos. Macana es un tipo que de acuerdo con la clasificación de Cobean aparece en cantidades menores hacia la fase Corral Terminal (900-950 D.C.) y se generaliza hasta principios de la fase Tollán (950-1150/1200 D.C.), encontrándose además en la Cuenca de México, Guanajuato, Veracruz y Xochicalco (ibíd:302). Para una de las piezas recuperada en Urichu al interior de una tumba sellada que contenía un entierro múltiple, se obtuvieron dos fechas por C14 que sitúan al contexto entre los años 888 y 943 D.C. (Pollard, 1995: 41-43, 57, fig. 8b). De ser válida la comparación entre estas piezas michoacanas y las toltecas, es interesante que en Michoacán se generaliza su uso con ligera anterioridad que en Tula. Healan y Hernández también mencionan una variante local de Macana en el Valle de Ucareo (1999:139).
  1. Para el Preclásico Litvak menciona la existencia de figurillas procedentes de Michoacán en el área de Xochicalco (1972:56), las que pudieron arribar también por esta vía o a partir de la relación que se supone con el norte de Guerrero.

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