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Laura Solar Valverde
 

Dinámica Cultural del Valle del Mezquital durante el Epiclásico

El Sector Norte de la Mesa Central

Los vínculos entre las regiones mayas, la oaxaqueña de los Valles Centrales, el centro y sur de Veracruz e incluso el Valle Occidental de Morelos, son algo que han percibido y explorado varios autores (Marquina, 1941; Thompson, 1953; Jiménez Moreno, 1959; Sáenz, 1963a; 1963b; 1964; 1966; Litvak, 1972; Coggins, 1980; Kroster, 1981; Cohodas, 1989; Nagao, 1989; Joyce, 1993; Schmidt, 1999; Fash y Fash, 2000; entre otros). Lo mismo puede decirse en torno a la fracción septentrional de Mesoamérica y su relación con el Suroeste Americano, el Occidente, los Altos de Jalisco y el Bajío (Kelley, 1974; Braniff, 1974; 1977, 1994; 2000; Jiménez, 1989; 1992; 1995; 2001; Jiménez y Darling, 1992; 2000, Weigand, 1995; Ramos y López, 1996; 1999; entre otros). Sin embargo, para contextualizar esas dos grandes áreas en la historia general de Mesoamérica como un todo, existe un obstáculo evidente: el particularismo con el que se ha abordado la dinámica del Altiplano Central.

A lo largo de este texto hemos hecho mención de un par de sitios del Norte de la Mesa Central y hemos tratado de manera superficial algunos de sus rasgos. En esta sección intentaremos profundizar un poco más en los aspectos de aquella región, en apoyo al análisis sobre la distribución de las piezas y contextos que motivaron nuestro estudio.

Aunque se han realizado numerosos trabajos arqueológicos en el poniente del estado de Hidalgo, el sur de Querétaro, sur de San Luis Potosí, Guanajuato y el Noreste de Michoacán, su dinámica conjunta se ha enfocado sólo de manera superficial y poco se sabe sobre el papel que desempeñaron dentro de la red mesoamericana como un sistema social integrado, punto de enlace entre otras regiones. En aquella franja convergen elementos que se vinculan, por un lado, con los sectores oriental, septentrional y occidental de Mesoamérica, y por otro, con la Cuenca de México y el sur de la Mesa Central. Antes de abordar dicha problemática es conveniente explorar algunos esquemas que han condicionado a la arqueología del área, y por supuesto, que han derivado en un acercamiento fragmentario a su desarrollo histórico.

Entre los estudios realizados en el Centro Norte del Altiplano se percibe un argumento recurrente. Su historia prehispánica tiende a resumirse como un continuo desplazamiento y reacomodo masivo de grupos humanos, percepción que se ha adoptado como explicativa tanto de las transformaciones en los contextos arqueológicos como del abandono y fundación de nuevos asentamientos (véase Flores y Crespo, 1988:205; Castañeda et al, 1988:332; Cervantes et al, 1990; Paredes, 1990:30, nota 21; Saint Charles y Crespo, 1991:8; Crespo y Brambila, 1991:8; Saint Charles, 1991b:57; Braniff, 1992; Crespo y Viramontes, 1996:11; Viramontes, 1996:28).

A pesar de la clara continuidad en algunas secuencias arqueológicas, buena parte de las interpretaciones se apoya en esa idea de región fluctuante, una afirmación que se construyó hacia los años sesenta, cuando apenas iniciaban las investigaciones en la región pero ya se hablaba de desplazamientos.

En aquel marco se acogió con gusto la propuesta de Pedro Armillas sobre variaciones climáticas a partir de transformaciones atmosféricas y su impacto en las comunidades agricultoras (1999 [1964]). Este fenómeno, que jamás fue comprobado,52  se asumió como uno de los factores determinantes en la contracción de la frontera septentrional de Mesoamérica.53

El casi total desconocimiento del universo de sitios arqueológicos y sus secuencias ocupacionales concretas, aunado a los sucesos migratorios que narran las fuentes etnohistóricas y la extensión de la Mesoamérica agrícola hacia el siglo XVI, apoyaron esa idea de abandonos/fundaciones repentinos y condicionaron las perspectivas sobre la historia social, resultando en una desafortunada categorización del área que ha sido durante mucho tiempo considerada "marginal" (Armillas, 1999 [1964]:33; Braniff, 1972:277; 1974; Hers, 1988:23, 28, 30, 36-37; Paredes, 1990:30; Sugiura, 1996:243).

Nadie niega que los ’límites’ del territorio mesoamericano experimentaron variaciones con el tiempo, pero el hecho de que la frontera agrícola se hubiese replegado hacia el sur dando como resultado la configuración hallada por los españoles, no significa que un eterno proceso de expansión-contracción se hubiese perpetrado en la franja septentrional durante toda su historia. Tampoco significa que los conflictos que narran las fuentes históricas con los grupos nómadas fuesen añejos; de hecho, para épocas anteriores a la Conquista se percibe una convivencia ’pacífica’ con los sedentarios mesoamericanos (Braniff, 2000:36-37; Spence, 2000:256) y se reconoce que el papel que jugaron grupos nómadas y seminómadas en la dinámica mesoamericana pudo haber sido importante, especialmente como vínculo con otras áreas culturales (como el Suroeste Americano, Wilcox, 1986 en Braniff, 1994:121-122; Jiménez y Darling, 2000:178, nota 2). Actualmente se sabe que la historia de la región intermedia entre los límites de máxima expansión y contracción de la ’frontera septentrional’, es mucho más compleja.

Es importante señalar que la hipótesis de Armillas derivó de un proceso detectado a una escala mundial que, de haber tenido resonancia en Mesoamérica, hubiese reducido el índice de precipitación pluvial hacia el siglo XII o XIII (Armillas ibíd:37-39, Braniff, 1977:10). Resulta entonces extraño que se haga referencia a esa idea al abordar procesos que tuvieron lugar por lo menos doscientos años antes (i.e. Hers, 1989:35-36; Saint Charles, 1990:51; Braniff, 1992:14, 159), algunos de ellos relacionados con el periodo que aquí nos interesa.

En la actualidad generalmente se apoya una contracción de la frontera hacia el año 900 o 1000 D.C. (véase Brambila et al, 1988:13, 19; Castañeda et al, 1988:327, 329; Hers, 1988:25; Flores y Crespo, 1988:205; Saint Charles, 1990:51, 53, 58; Saint Charles y Crespo, 1991:8; Braniff, 1992:14; 1994:119, 128; 1999:20; 2000:35, 42; Crespo y Viramontes, 1996:11; Viramontes, 1996:23), aproximadamente hasta el sur de los ríos Lerma y San Juan (Saint Charles, 1990:15-16). Esta propuesta fue implementada por Beatriz Braniff en un famoso trabajo donde nos dice: "Ha sido generalmente aceptada la idea de que en época tolteca, es decir entre 900 D.C. y 1200 D.C., la frontera septentrional mesoamericana se expandió e incluyó zonas marginales como eran Guanajuato, Querétaro, Jalisco, Zacatecas […] Las investigaciones preliminares que hemos llevado a cabo […] sugieren otras ideas […]" (1972:273). Entre esas "otras ideas" se cuenta aquella de que "[…] la frontera mesoamericana había iniciado su desintegración hacia finales del Clásico." (ibíd:275)

El sustento de esta supuesta "desintegración" fue frágil, como lo reconoce la misma autora al especificar que: "Los estudios arqueológicos en Guanajuato han sido pocos y limitados", "Durante los últimos años hemos reconocido somera y superficialmente los estados de San Luis Potosí, Zacatecas, Aguascalientes y Guanajuato […]" y "[…] hemos hecho algunas pequeñas excavaciones lo que nos ha proporcionado datos relativamente limitados […]" (idem, las cursivas son nuestras)

Las excavaciones a las que Braniff se refiere son aquellas que realizó en El Cóporo, Morales y Carabino en Guanajuato, y el sitio de Villa de Reyes (Electra) en San Luis Potosí. Todas estas exploraciones dieron interesantes resultados sobre tipos cerámicos locales y sus vínculos con lozas foráneas, y de su análisis derivaron interesantes propuestas sobre secuencias cerámicas. Aunque en buena medida las asignaciones temporales y patrones de distribución de estos tipos han mostrado validez a partir de trabajos posteriores, algunas hipótesis (y sobre todo sus implicaciones) se asumieron como hechos, hasta la fecha incomprobados. Entre estas hipótesis resaltan, como hemos visto, el abandono general del área hacia el siglo X y su supuesto carácter "marginal".

Es innegable que, simultáneo a la paulatina decadencia del sistema teotihuacano y acentuándose en la época inmediatamente posterior, ocurrieron modificaciones en el patrón de asentamiento. Pero es posible que este proceso, que afectó a una buena parte del territorio mesoamericano y no sólo a su sector septentrional, resultara de adaptaciones locales a cambios importantes en la estructura social macrorregional, y no forzosamente de una situación permanente de abandonos totales y arribos multitudinarios. Sobre esto nos dice John Paddock:

"Las culturas rara vez se extinguen […]. El proceso de renovación, en el cual el patrón antiguo u obsoleto da lugar a otro nuevo mediante una transformación más o menos radical, que a menudo implica un cambio de ubicación, parecería frecuente." (1987:26)54

Si bien es cierto que hacia el año 1000 D.C. ciertas áreas aparecen despobladas en el registro arqueológico, en otras la continuidad es indudable e incluso pueden observarse apogeos regionales a partir de una complejización de los asentamientos y la explotación sistemática de nuevos y numerosos recursos.

Se habla de un abandono de la ’Mesoamérica Septentrional’ hacia esas fechas (Flores y Crespo, 1988:205-206; Braniff, 1999:20), cuando una baja poblacional ocurre sólo en el Valle de Malpaso, Zacatecas, un sector al norte y noroeste de San Luis Potosí (Jiménez Betts, com. pers., 2001) y en la zona de Río Verde (Michelet, 1995:216); mientras que en otros sectores del territorio zacatecano,55  en el centro-sur de San Luis Potosí y en el norte de Jalisco, existe una continuidad (Jiménez Betts, com. pers., 2001), lo mismo que en Durango (Kelley y Abbot, 1966; Kelley, 1971; 1989; Hers, 1988:25; Braniff, 1994:120; 2000:42; Darling, 1998:392). Durante esa época el Noroccidente experimenta un apogeo perceptible en la red Aztatlán (Braniff, 1975:10; 2000:42; Bojórquez Diego, en preparación) y ocurre igual en el sur de Tamaulipas y norte de Veracruz, Querétaro e Hidalgo, con el desarrollo huasteco (véase Ochoa, 1984 [1979]; Michelet, 1995:216).

Hellen Pollard sugiere una continuidad ocupacional en el Centro y Norte de Michoacán desde tiempos tempranos hasta la conformación del estado tarasco (Pollard, 1995; 2000a) y en la Vertiente del Lerma Briggitte Faugére describe un fenómeno similar (1996:100-106). Durante esta secuencia se perciben transformaciones significativas en la planeación, ubicación y ocupación de sitios específicos, pero en ambos casos los cambios se interpretan como consecuencia de transformaciones en dinámica social y no como signo de ruptura en la ocupación general ni en la tradición cultural (véase también Moguel y Sánchez, 1988:233 específicamente para Valle del Lerma y Cuitzeo; Healan y Hernández, 1999:140 para cuenca de Cuitzeo).

Posterior al año 900 D.C. se observa un cambio en el patrón de asentamiento de los sitios en la confluencia de los ríos Lerma y Guanajuato hacia las estribaciones de las sierras circundantes, pero también aquí se manifiesta una ocupación hasta época tarasca (Zepeda, 1988:305), y se ha puntualizado en que los asentamientos en las sierras de Pénjamo, Huanímaro y estribaciones de la sierra de Guanajuato, se enriquecen con nuevos elementos arquitectónicos, sustituyéndose el uso de patio cerrado por plazas abiertas e incorporando canchas para juego de pelota, en las mismas fechas (Castañeda et al, 1988:329-330). Cerca también de los límites de Guanajuato con los estados de Michoacán y Querétaro, se han descrito asentamientos que comparten cerámica con el resto del Bajío durante el Clásico Tardío (Brambila y Castañeda, 1991:146) pero cuya vajilla integra posteriormente cerámica del complejo Tollán (Brambila y Castañeda, ibíd:150), lo que sugiere una extensión ocupacional hasta por lo menos el Postclásico Temprano. Se ha propuesto que la ocupación de algunos sitios del Río Laja también se extendió hasta entonces, en el caso de Cañada de la Virgen con apoyo de fechamientos absolutos (Nieto, 1997 en Wright, 1999:83, nota 7).

Mapa 2
Localización de Sitios Mencionados en el Texto

Mapa 2. Localización de Sitios Mencionados en el Texto

  1.  Alta Vista, Zac. 18.  La Griega, Qro.
  2.  La Quemada, Zac. 19.  Barrio de la Cruz, Qro.
  3.  El Cerrito, Zac. 20.  San Bartolo, Gto.
  4.  Villa de Reyes (Electra), S.L.P. 21.  Yuriria, Gto.
  5.  Buena Vista Huaxcamá, S.L.P. 22.  Acámbaro, Gto.
  6.  Río Verde, S.L.P. 23.  Zimapán, Hgo.
  7.  Pánuco, Ver. 24.  Pahñú, Hgo.
  8.  Cuarenta, Jal. 25.  Zethé, Hgo.
  9.  Cóporo, Gto. 26.  Sabina Grande, Hgo.
10.  Carabino, Gto. 27.  Chapantongo, Hgo.
11.  Cerrito de Rayas, Gto. 28.  Tula, Hgo.
12.  Tierra Blanca, Gto. 29.  Huamango, Edo.Mex.
13.  Cañada de la Vírgen. Gto. 30.  Zacapu, Mich.
14.  Morales, Gto. 31.  Cuitzeo, Mich.
15.  Salamanca, Gto. 32.  Zinapécuaro, Mich.
16.  La Magdalena, Gto. 33.  Toluca, Edo.Mex.
17.  El Cerrito, Qro. 34.  Teotenango, Edo.Mex.

Entre las áreas que experimentan una continuidad más allá del año 1000 se encuentra, desde luego, la región de Tula. En vista de que muchos elementos de aquel sitio son compartidos por asentamientos hacia el norte y oeste (Brambila et al, 1988:18), la presencia de materiales que vinculan a Tula con el resto del Centro Norte ha sido explicada a partir de un "impulso de colonización" (Castañeda et al, 1988:329) por parte de los toltecas, hacia lugares que estaban deshabitados para entonces: "La explicación de la presencia de algunos asentamientos de origen tolteca se propone como un fenómeno de reocupación hacia esta región y no como una continuidad en el asentamiento" (Brambila et al, 1988:19, véase también Crespo y Flores, 1988:218; Castañeda et al, 1988:328; Saint Charles, 1990:58; 1991b:61; Crespo, 1996:87; Braniff, 2000:36, 42).

Esta "reocupación" o "intrusión" tolteca, posterior a un abandono general del área septentrional, nos enfrenta con algunos problemas. Las primeras fases de ocupación de Tula anteceden al siglo X y algunas cerámicas de esos complejos tempranos aparecen también en aquellos sitios "de origen tolteca" en Guanajuato, Querétaro y San Luis Potosí, conviviendo con materiales locales. En algunos casos esa convivencia ocurre hasta con materiales de fase Tollán (véase Braniff, 1972; Flores y Crespo, 1988) y en otros, el complejo ’tolteca’ se impone sobre la vajilla local pero no existe evidencia de un periodo de abandono que marque una discontinuidad en la ocupación.

Entre los sitios que comparten cerámica con Tula y se han considerado "aislados dentro del contexto regional", se cuentan principalmente El Cerrito, Qro., Carabino, Gto. y Villa de Reyes, S.L.P. (Castañeda et al, 1988:328, véase también Braniff, 1994:119; 2000:36). Cerca de El Cerrito, Qro. se encuentra el sitio de La Magdalena, el cual contiene algunos ejemplares del complejo Corral de Tula (véase Flores y Crespo, 1988:210), pero cuya ocupación inicia desde el periodo Clásico, donde aparecen materiales compartidos con el sur de Guanajuato (Crespo, 1991a, figs. 14a-14c, ver más adelante). De igual forma, El Cerrito en su Fase Arado (400-650 D.C.) comparte materiales con la Negreta (donde hay cerámica de fases Xolalpan y Metepec) (Crespo, 1991a:104; véase también Crespo, 1989:12; 1991b:165, 176, 192 fig. 9) y desde principios de la Fase Cerrito (650-1100 D.C.) hay tipos que lo vinculan con el Bajío, como Paso Ancho Borde Rojo, Cantinas y Garita (Crespo, 1991a:104 véase también Crespo, 1989:12; 1991b:176, 192 figs. 9 y 13); mientras que hacia la parte final de la misma Fase Cerrito aparecen cerámicas en común con los complejos toltecas Corral Terminal y Tollán, compartiendo además elementos arquitectónicos y escultóricos con Tula (Crespo, 1989:12; 1991a:104; 1991b:176, 189, 192, fig. 13; Flores y Crespo, 1988:208, 211, Crespo, 1998:327), aunque el material sigue siempre "lineamientos propios" (Crespo, 1991b:218).

Carabino, en Guanajuato, es otro sitio que se ha considerado avanzada tolteca. Esto se debe a que algunos de los materiales de fase Tollán para el área de Tula aparecieron en excavación (Braniff, 1972) y más tarde el espacio arquitectónico fue identificado como similar al de aquella ciudad (Bey, 1986:146-147). En recolección superficial George Bey confirmó la existencia del complejo Tollán en Carabino, pero especifica que Carabino participó de esa esfera cerámica a partir de un complejo diferente: "Usaron cantidades importantes tanto de cerámica local como de tipos de la fase Tollán, y su cerámica parece mostrar una mayor dependencia en tipos Rojo sobre Bayo que la colección promedio de fase Tollán" (ibíd:149). Aunque Bey se inclina por considerar al sitio como "tolteca", es significativo que los habitantes de Carabino jamás abandonaron su propia tradición, la cual desde luego conserva rasgos propios de su región a pesar de participar en redes de distribución como la tolteca. El caso de Carabino se repite bastante, donde sitios que debido a la permeabilidad de sus fronteras participaron en redes que les permitieron adoptar o adaptar rasgos ajenos, y que son interpretados como producto de ocupaciones sucesivas, discontinuas y divorciadas, por parte de grupos foráneos.

Por último, en el caso de Villa de Reyes ocurren materiales de Corral Terminal y Tollán que se complementan con "cerámicas locales burdas" (Castañeda et al, 1988:328-329), y en la descripción de su secuencia estratigráfica puede percibirse una clara continuidad entre las fases San Luis y Reyes, precisamente en la transición del Clásico al Postclásico (véase Braniff, 1992).56

A pesar de que Braniff hace hincapié en un cambio drástico ocurrido en el sitio hacia 800-900/1000 D.C. (ibíd:14, 161), en la reseña de sus excavaciones realizadas entre 1966-67, la densidad material no parece sufrir mella alguna ni la secuencia interrumpirse. Como ejemplo de que la ocupación continua en Villa de Reyes se extiende más allá del siglo IX o X, podemos mencionar el lugar del que proceden las fechas más tardías de su muestrario. La primera de ellas (714 D.C.±44) fue recuperada sobre el piso de un cuarto que, a decir por su descripción y dibujos, es una prolongación de la plataforma que constituye la Capa 4 de la excavación general (Braniff, 1992:36), la cual fue rellenada y sellada por una serie de pisos (ibíd:33).57  La segunda fecha (693 D.C.±137) proviene de la Trinchera 105, en una capa sellada por un piso, sobre el que se desplantan varios pisos más.58

Si nos guiamos por la secuencia estratigráfica, no es difícil pensar que la última etapa de ocupación de estas construcciones fue algo posterior a las fechas obtenidas. Vale la pena subrayar que en ninguno de los ejemplos anteriores se menciona (o ilustra) una interrupción que represente el periodo de abandono que se supone ocurrió hacia 800-900 D.C. y que fue sucedido por una reocupación relacionada con el avance tolteca, ya en la fase Reyes (véase Braniff, 1992:161-162 (ver nota 102)). De hecho, sobre el análisis de sus tipos cerámicos Braniff comenta: "[…] nos permiten establecer tres fases […]. Estas fases están bien representadas y son sucesivas en los pozos 3 y 4" (ibíd:117) y con respecto a la transición entre las fases San Luis y Reyes añade: "En forma bastante perceptible, pero no drástica, se reduce la importancia del tipo Valle de San Luis en la última Fase Reyes, aunque sigue apareciendo siempre con más del 50% de las cerámicas […]." (ibíd:117, 151)

Los materiales de la fase San Luis se atribuyen al desarrollo local (entre ellos se encuentra el tipo Valle de San Luis), mientras que los de la fase Reyes se consideran alóctonos, principalmente relacionados con la conformación del ’estado’ tolteca y producto de una colonización (Braniff, 1992:162). En el caso de la cerámica Mazapa Líneas Ondulantes (que se ha reconocido no puede considerarse diagnóstica de lo tolteca, puesto que en la ciudad misma es un tipo escaso, Cobean et al, 1981:195; Cobean, 1990:303) para Braniff representa una clara conexión con Tula, a pesar de que reconoce que existen claras diferencias entre el tipo de Villa de Reyes y el que se ha localizado en los Valles Centrales:

"Consideramos que este tipo en Electra es de importación, pero en Electra asume formas y terminado no usuales en los valles centrales, sugiriendo una pequeña variación ya sea debido a diferencias geográficas (producto o versión local de un tipo conocido) o diferencias cronológicas, o a ambas […]. A pesar de esta pequeña diferencia nosotros utilizamos el valor cronológico dado a este tipo en los Valles Centrales para sugerir una fecha para nuestra fase Reyes dentro del Postclásico Temprano."(Braniff, 1992:104)

De ser ésta una cerámica importada es difícil explicar el por qué de las variaciones. Es quizás más sencillo asumir esas "diferencias geográficas" como aquella "versión local de un tipo conocido" a que se refiere la autora. Desde luego esto último, aunado a la integración de lozas locales con antecedente en el periodo Clásico (como Valle de San Luis Policromo), restaría validez a la propuesta sobre el "avance tolteca" y podría interpretarse tal vez como consecuencia de redes amplias de interacción interregional (ver más adelante). Esta adaptación por parte de los pobladores que desde el Clásico habitaron Villa de Reyes, es congruente con la ininterrumpida secuencia ocupacional registrada estratigráficamente por la autora.

Trabajos pioneros como los de Braniff resultaron de vital importancia al centrar su atención en un área hasta entonces ignorada por los estudios arqueológicos mexicanos, pero la mayoría de sus propuestas se consolidaron como base de interpretaciones posteriores sin haber sido seriamente cuestionadas, muchas de sus lagunas se olvidaron y sus implicaciones fueron adoptadas como definitivas.

Asumir que todo elemento compartido con Tula deriva de un proceso de "expansión" por parte de esa urbe, no sólo subestima a los desarrollos locales sino que genera un obstáculo para comprender la conformación misma de la capital tolteca, al desvincular su dinámica particular de toda dinámica regional. Nos dice Richard Diehl:

"Los datos sugieren ya sea que Tula fue establecida por migrantes del norte o que fue la única comunidad dentro de toda la configuración cultural [regional] que se convirtió en un gran centro urbano. Yo prefiero esta última interpretación." (Diehl, 1976:272)

Es de esperar que, lejos de una influencia imperial ejercida sobre sus vecinos, las similitudes materiales entre el Valle de Tula y las zonas aledañas en realidad reflejen la dinámica cultural interregional de la que son contemporáneos, y que muchos de los rasgos y tipos cerámicos identificados en Tula se encuentren ahí precisamente por ese motivo y no porque sea éste su estricto lugar de origen y foco único de su distribución.59

Esto es especialmente probable cuando se trata de los primeros complejos cerámicos de Tula, como son Prado, Corral y Corral Terminal. En ellos centraremos nuestra atención en adelante, pues anteceden la época de máximo esplendor de la ciudad, se localizan dentro del rango temporal que atañe a este trabajo e integran rasgos y tipos compartidos con sitios vecinos, que en ocasiones vivían sus últimas fases de ocupación.

De cualquier modo, la distribución del complejo de fase Tollán (950-1200 D.C.) más allá del Valle de Tula, tampoco representa forzosamente una imposición o ’influencia’ directa de los habitantes de aquella ciudad sobre el resto. Tal vez deba considerarse, entre los sitios que adoptaron elementos de Tollán, su propio deseo de vincularse con el centro que en aquel momento se observaba prominente (una versión a menor escala de lo que ocurrió con Teotihuacán, ver Jiménez, 1992:191-192).

Esta discusión es importante porque las raíces del éxito y caducidad de la capital tolteca (como se intuye en el comentario de Diehl), podrán comprenderse sólo a partir de su contextualización en la dinámica cultural del Centro Norte, y no a la inversa, pretendiendo que son los vaivenes de Tula los que deben explicar la historia social de esa región.

Esto, desde luego, sólo tiene congruencia si se abandona primero la idea, revisada páginas atrás, de que hacia finales del Epiclásico y principios del Postclásico todo el sector septentrional de Mesoamérica sufría un drástico decaimiento y había iniciado un definitivo proceso de abandono.


Notas Finales

  1. Análisis polínicos en la región no sustentan un cambio caótico en las condiciones ambientales, las cuales parecen no haber llegado jamás a ser menos propicias que en la actualidad (ver para el sur de Querétaro a Nalda, 1975:132-134; para el área de Tula a Healan et al, 1989:248).
  1. Una transformación en las condiciones ambientales, como fue propuesta por Armillas, podría ocasionar algunas modificaciones en los asentamientos de la región pero no tendría necesariamente que motivar el abandono general. Resulta más lógico pensar que los grupos humanos buscasen alternativas de subsistencia en un entorno conocido (Nalda, 1996:259), antes que viajar largas distancias en busca de nuevos lugares de emplazamiento. Pensar en una transformación ambiental como caótica y definitiva, al grado de exceder la "capacidad de carga" de un medio para con las comunidades que lo habitan, nos parece excesivo. Los cambios climáticos ocurren de manera gradual y en ese sentido siempre está presente el factor adaptación, la flexibilidad del modo de vida social y la explotación diferencial de recursos en un mismo medio, flexibilidad que de hecho, sabemos existía entre los grupos que poblaron dichas latitudes (i.e. grupos seminómadas). Para una crítica sobre este tipo de modelos derivados del determinismo ecológico, como explicativos de decadencia social, ver: Julio César Olivé N. y Beatriz Barba A., 1955.
  1. Un buen ejemplo es el abandono del centro ceremonial de Tula Chico durante fase Corral sin que ello implicara el abandono total del asentamiento. Por el contrario, en el resto de la zona urbana se observa una continuidad Coyotlatelco-Tollán paralela a la fundación del nuevo centro ceremonial (Cobean, 1982:60).
  1. En el sur de Zacatecas, en los límites de ese estado con el de San Luis Potosí, se encuentra El Cerrito, donde al parecer hubo una ocupación desde finales del Clásico que se extendió por lo menos hasta el Postclásico Temprano (véase Braniff, 1974:43).
  1. Braniff ha modificado por lo menos cinco veces la extensión relativa de la Fase San Luis. En el texto original, producto de sus excavaciones en Electra (1975), se propone una temporalidad para esta fase entre 650-900 D.C. y para la fase Reyes 900-1200 D.C. (1992:118). En la versión revisada para publicación (1992) se modifica la primera de estas cronologías, quedando Fase San Luis entre 350/400-700/800 D.C. (ibíd:149). En la tabla cronológica de un trabajo reciente la autora ilustra dos límites, haciendo referencia a trabajos suyos anteriores: 600-900 D.C. (1975) y 200/400-700/800 D.C. (1990) (véase Braniff, 2000:40, fig. 3.5). Por último, en el texto de ese mismo artículo se refiere a la Fase San Luis como 350-850 D.C. (ibíd:41). Desde luego los límites cronológicos de las fases arqueológicas son aproximados y están siempre sujetos a revisión a partir de la obtención de nuevos datos, pero hasta donde sabemos Braniff nunca ha hecho públicos aquellos que motivaron estas modificaciones. Esto ha generado varios problemas. En primer lugar, varios trabajos en el Centro Norte utilizan todavía las fechas iniciales, y en segundo, las posturas más recientes de Braniff suponen una ruptura de cien o cincuenta años entre ambas fases, ruptura que no parece tener sustento alguno.
  1. Cuarto Norte en su Unidad E de excavación (Apéndice III, Muestra 7, Elemento 14): "Este Cuarto Norte estaba relleno cuidadosamente con el tipo de barro revuelto con zacate que hemos encontrado en otras construcciones y cuya función es la de rellenar cuartos y elevar artificialmente el nivel, obviamente con la idea de hacer una construcción superior. Esta construcción superior es, entre otras, la correspondiente al gran muro 3 que bordea a la plataforma en esta porción" (Braniff, 1992:36). A decir por la descripción de la unidad de excavación, el cuarto en cuestión es una prolongación de la plataforma que constituye la Capa 4 de la excavación general, estando las primeras capas conformadas de la siguiente manera: "La Capa 1 […] está constituida de varios pisos de lodo, uno sobre otro […]. La Capa 2 es un relleno de barro negro que remata y a la vez se prolonga hacia arriba sobre el gran muro 3. La Capa 3 es un relleno de tierra rosa. La Capa 4 consiste de una gran acumulación de piedra bola unida con barro que forma una plataforma […]" (ibíd:33)
  1. Pozo 1 de la Trinchera 105, Capa 4, que se extiende por debajo del piso que delimita la capa 3 y hasta la roca madre (Apéndice III, Muestra 1, Elemento 1). Braniff describe las capas que le anteceden de la siguiente manera: "la Capa 1 […] se prolonga hasta un piso muy compacto de tierra. La Capa 2 incluye tanto el piso arriba mencionado como otra serie de pisos más profundos, de unos 2 cm de grueso cada uno […]. La Capa 3 […] termina en un piso de tierra compactada […]" (1992:25).
  1. Hasta ahora es dudosa la correspondencia cultural original de muchos rasgos considerados "toltecas", pues la aparición de algunos precede la fundación de la ciudad de Tula (i.e. salones columnados, Tzompantli, Kelley, 1978; Hers, 1988; Jiménez, 1989:37; 1995:59; Braniff, 1992:14; 1999:19; Jiménez y Darling, 1992:7; Blanco Levantado, Braniff, 1972; 1992:162; Crespo, 1996:77) o su frecuencia no resulta tan significativa o diagnóstica como se ha supuesto (i.e. cerámicas Mazapa Líneas Ondulantes y Macana, Cobean et al, 1981:195; Cobean, 1990:303). El Tohil Plumbate se ha considerado una de las cerámicas de comercio cuya dispersión fue responsabilidad de Tula. Para el Centro Norte de México y quizás la Cuenca, la obtención de Plumbate sí podría estar vinculada a la esfera de Tula (Diehl, 1983:115), pero existen varios ejemplos, sobre todo a medida que nos acercamos a su área de producción, donde la presencia de Plumbate no está ligada a ningún otro elemento de la vajilla tolteca (véase Diehl, 1983:144).

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