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William T. Sanders
 

Proyecto Tepetlaoztoc: Investigaciones Arqueológicas

Resultados del Proyecto Piloto

En agosto de 1995 pasé aproximadamente un mes en Tepetlaoztoc, probando el grado de factibilidad de un proyecto arqueológico para unidades de vivienda. El plan original radicaba en usar fondos de la Fundación para volver a relevar el área que rodea a Tepetlaoztoc y verificar las condiciones actuales de los sitios del área. Si los restos preservados de las estructuras residenciales que mapeó Parsons como parte de su Proyecto Texcoco (Parsons, 1971) eran adecuadas para un muestreo, el nuevo reconocimiento serviría como etapa inicial de un gran proyecto de excavación que habría de financiar la National Science Foundation el año entrante. Yo sugerí un proyecto en Tepetlaoztoc por dos razones:

  1. Parsons localizó más de 400 montículos residenciales en su reconocimiento del sitio del pueblo, mucho de los cuales presentaban arquitectura visible en superficie, en la forma de líneas de muros sobre las superficies de los montículos.
  1. Entre los censos sumamente detallados que realizaron los españoles a partir de la década de 1540, se encontraban dos códices del siglo 16, el Vergara y el Santa María Asunción, que aportaban datos sobre las dimensiones y composición de las unidades de vivienda de uno de los barrios del pueblo de Tepetlaoztoc. Los códices hasta incluían datos sobre las posesiones de tierras de cada unidad de vivienda y sobre los tipos de suelos que presentaban estas posesiones de tierras, un elemento extremadamente fuera de lo común en los primeros censos españoles.
  1. A partir de estos dos recursos, el sitio parecía ideal para realizar un gran número de excavaciones en residencias aztecas a fin de proporcionar una respuesta a las distintas preguntas planteadas por la investigación etnohistórica reciente sobre la situación posterior a la conquista. Nuestra experiencia en excavaciones de sitios residenciales aztecas indicaba que con un número relativamente pequeño de trabajadores y en un corto período de tiempo, podrían excavarse numerosas residencias en una misma temporada y con un presupuesto relativamente modesto. Por lo tanto, la situación parecía ideal en términos de cuestiones relacionadas con la toma de muestras.

Nuestra preocupación con respecto a la preservación actual de los sitios que relevó Parsons radicaba en los desarrollos recientes en la Cuenca de México que están amenazando buena parte de la arqueología de superficie. Los factores que amenazan los sitios son los siguientes:

  1. El crecimiento de la ciudad de México, que entre 1950 y 1995 pasó de ser una ciudad de 3.000.000 a más de 20.000.000 de habitantes. Sin embargo, en Tepetlaoztoc esto no representa un problema.
  1. El uso reciente de tractores y de lo que se conoce como arados de uñeta para trabajar sobre las superficies de tepetate (un subsuelo que consiste en roca volcánica compacta y que puede pulverizarse y nuevamente transformarse en tierra fértil) en buena parte de las muy erosionadas áreas de la Cuenca. Debe tenerse en cuenta que existen muchos sitios de viviendas aztecas en estas áreas, porque quedaron perdidas para el cultivo, como producto de la erosión del suelo ocurrida durante los siglos 16 y 17.

El reconocimiento realizado en agosto confirmó nuestros peores temores. En el área que le correspondía al barrio de Santa María de Asunción en concepto de tierras de cultivo en 1540, Parsons había ubicado 200 montículos residenciales en el área al norte del Cerro Teponaztle, hoy en día severamente erosionado, de los cuales 112 estaban lo suficientemente bien preservados como para poder aportar información sobre las dimensiones de una unidad de vivienda y la disposición de los recintos, aún a partir de un reconocimiento de superficie. Éstos habrían sido ideales para una excavación a gran escala. Toda el área, con la excepción de una pequeña localidad sobre la ladera nororiental del cerro, ha sido trabajada intensivamente con arados de uñeta; se construyeron una serie de terraplenes de contorno con el tepetate molido; y el departamento forestal del gobierno federal plantó una arboleda de eucaliptus, como parte de su programa de reclamo de tierras. En este proceso, los 200 montículos, en su totalidad, quedaron destruídos (véase Figura 5a, Figura 5b, Figura 6a, y Figura 6b).

En las áreas de suelo más profundo del valle, al este del cerro, que todavía el barrio utilizaba para la agricultura, Parsons registró 36 montículos residenciales. Estas áreas no fueron trabajadas con arados de uñeta porque la profundidad del suelo era adecuada, pero dos desarrollos recientes dejaron todas estas áreas en mal estado, en términos de restos arqueológicos. Uno es el uso extensivo de tractores y arados que llegan a gran profundidad, los que en el pasado sólo eran provistos por unos pocos contratistas privados y que por lo tanto eran de uso restringido, pero que ahora el Estado de México proporcionaba a precios nominales a todos los municipios del estado. Esto ha significado un gran incremento de su uso y ha dado como resultado una destrucción mucho más masiva que la causada por el viejo arado español, que fue de uso exclusivo en el área casi hasta 1970 y que todavía se lo usaba extensivamente hasta una época tan reciente como 1985.

Un segundo proceso fue la conversión de buena parte del área en plantaciones de nopal, un proceso estimulado por el mercado de frutas de la ciudad de México. Esto implicó un considerable movimiento de tierra, incluyendo la construcción de terraplenes para la plantación en hileras del cactus de nopal. Además, para complicar mi reconocimiento de agosto, debía vérmelas con la presencia de campos de maíz altos y densos, y con plantaciones de cebada y trigo. Sin embargo, a pesar de estas dificultades logré establecer la ubicación de muchos de los 36 montículos de Parsons y descubrí que sólo unos pocos se habían preservado y que éstos, inclusive, habían sufrido grandes deterioros (véase Figura 7a, Figura 7b, Figura 7c, y Figura 7d).

A continuación examiné la periferia inmediata del actual pueblo de Tepetlaoztoc, un área que no estaba incluída en los reconocimientos de Parsons. En forma muy particular me concentré en aquellas áreas ocupadas por el moderno barrio de Santa María Asunción. Aproximadamente hacia el 1600 d.C., la corona española había obligado a las unidades de vivienda aztecas que vivían bajo un modelo de asentamiento disperso, a reinstalarse en asentamientos más nucleados. El actual barrio de Santa María Asunción es resultado de dicho programa de reasentamiento. A pesar de ello, Tepetlaoztoc es hoy en día un pueblo con una densidad relativamente baja y en cierta forma disperso, y muchas de las casas cuentan con terrenos relativamente grandes (véase Figura 3). Éstos se usan para cultivar pequeños lotes de jardines que resultan demasiado pequeños como para ser arados con un tractor.

En estas áreas tuve la posibilidad de encontrar claras evidencias de yacimientos arqueológicos no perturbados, pero ninguna evidencia clara de montículos de superficie. Las evidencias de ocupación estaban constituídas por concentraciones entre ligeras y medias, de cerámicas aztecas. En mi nuevo reconocimiento del área relevada por Parsons en el piso del valle, también encontré algunas localizaciones no perturbadas, donde él no ubicó montículos de viviendas pero donde la ocupación de superficie, en la forma de tiestos, era relativamente marcada. En estas áreas todavía es factible hacer arqueología de unidades de vivienda, y además sería algo altamente productivo; sin embargo, la razón original para haber elegido el sitio de Tepetlaoztoc fue la presencia de un gran número de montículos en la superficie con patrones de recintos fácilmente visibles. Lo que esto quiere decir es que la segunda fase de este proyecto sería notablemente más costosa de lo que originalmente se había previsto. Deberíamos llevar a cabo una fase inicial de pozos de muestro para ubicar los sitios de las viviendas y luego continuar, en los casos de resultados exitosos, con excavaciones a mayor escala.

En mayo de 1996 regresé a México por una semana y pasé varios días estudiando nuevamente las áreas de suelos más profundos para confirmar la destrucción, en dichas áreas, de los 36 montículos. Jeffrey Parsons me acompañó en una de mis visitas. En ese momento los campos estaban libres de vegetación, y la observación de los restos de superficie fue más confiable. Descubrimos que algunos de los campos llanos próximos a las barrancas a menudo presentaban áreas con una profundidad de suelo de menos de 30 cm, y que las rejas del arado habían roto la superficie del tepetate por abajo, como se hizo evidente por la abundancia de fragmentos de tepetate hallados en el suelo. Los campos también mostraban trozos de roca diseminados de los montículos de viviendas destruídos, de los que sólo quedaron concentraciones de tiestos que marcaban los sitios donde primitivamente se hallaban los montículos (véase Figura 7d). Era evidente que sólo unos pocos de los 36 montículos del área habían quedado intactos, si es que alguno en verdad lo estaba. Un nuevo examen de los pocos campos que de acuerdo con las indicaciones de los informantes locales no habían sido arados con un tractor en el pedemonte erosionado y que también habían escapado al programa de reforestación, reveló que en el mejor de los casos, sólo algunos restos de montículos residenciales estaban todavía intactos.

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