Imagen - Vasija de Cacao - K6706 © Justin Kerr FAMSI © 2003:
Carlos Rudy Larios Villalta
 

Criterios de Restauración Arquitectónica en el Area Maya

Antecedentes

En función del objetivo que hemos descrito más arriba, no es necesario hacer un relato completo de los cien años de historia que tiene la restauración en Mesoamérica, lo cual sería largo e innecesario. Sin embargo, considero que puede ser importante y útil mostrar un panorama general de lo que se hizo en el pasado. A grandes rasgos, también tocaré ciertos temas referidos a la metodología, para finalmente presentar algunos comentarios sobre los resultados de aquellas intervenciones.

Advertimos además que si bien habremos de mencionar algunos errores deplorables en cuanto al tratamiento que se dió a algunos monumentos, no es nuestra intención desprestigiar a nadie, puesto que los métodos en cada momento llegaron de la mano de circunstancias que tuvieron su origen en distintas épocas, y en cierta forma, en los distintos procesos de valorización que nuestros países, como entes políticos, fueron dando al patrimonio cultural.

Durante las tres primeras partes del siglo XX, y debido a la creciente admiración que fueron despertando las culturas prehispánicas, varias instituciones extranjeras realizaron diversas investigaciones arqueológicas, algunas de las cuales incluyeron trabajos de restauración. La metodología puesta en práctica para investigar por ese entonces, incluía por lo general trincheras de dos, cuatro y seis metros de ancho, las cuales en algunos casos atravesaron edificios y acrópolis completos. Hubo casos en que algunas entidades arquitectónicas se vieron sistemáticamente desmanteladas.

Uaxactún (1925-37) representa un ejemplo muy especial. Allí se excavaron largas trincheras, y se cortaron complejos arquitectónicos completos por sus cuatro lados, desde la parte más alta de los mismos y hasta llegar a la roca natural (Smith 1950, Fig. 7, 8, 9, etc.). Luego el sitio fue abandonado, dejando las excavaciones y las trincheras abiertas. La selva creció nuevamente, y la ruina de la ruina se volvió a arruinar.

Por su parte, Tikal (1956-69), como otros muchos lugares del área maya, no fue la excepción. Sin embargo, debemos reconocer que también se fue dando, prácticamente en todas partes, un cambio importante: debido al valor que los distintos gobiernos le fueron reconociendo al turismo, las excavaciones comenzaron a rellenarse, las estructuras principales fueron restauradas, y los sitios empezaron a prepararse para el turismo. Entre 1970 y 1985, al menos en Tikal, se dio inicio a otros proyectos arqueológicos en los que de alguna manera se modificaron los métodos aplicados anteriormente.

Las grandes trincheras y el desmantelamiento de edificios fueron métodos destructivos, un hecho que debe reconocerse; pero es justo reconocer también la otra cara de la moneda. Esa época nos legó una excelente documentación y conocimientos de los cuales todos nos hemos beneficiado, y que hoy en día seguimos usando como base de nuevas y sofisticadas investigaciones. Los métodos más destructivos son aquellos que involucraron el uso de dinamita, como lo hiciera Leopoldo Batres en Teotihuacán, México (Cabrera Castro 1986:185), o los cráteres que todavía están a la vista en Xunantunich y Lubaantun, en Belice, y que fueron abiertos según recuerdan los vecinos del lugar, por la dinamita que utilizó Thomas Gann durante la década de 1920.

En general, y a lo largo de cien años de aventuras e investigación en monumentos prehispánicos, la metodología ha ido cambiando paulatinamente, aunque debemos aceptar que tales cambios no han sido suficientes en lo que a conservación de monumentos se refiere. Por otro lado, la restauración arquitectónica fue practicada con frecuencia como una actividad independiente y divorciada de la arqueología, incluso en aquellos proyectos en los que se asumió la responsabilidad de restaurar.

La restauración arquitectónica de monumentos que comienza a verse en Mesoamérica a principios del siglo XX, no surgió como un recurso consciente de conservación sino más bien –y con honrosas excepciones,– como una herramienta para sacar provecho del atractivo turístico. De esta manera, muchos sitios arqueológicos fueron restaurados aplicando métodos que en algunos casos fueron sencillos, honestos y conservadores, como ocurrió en Quiriguá (1910-1934), Guatemala, donde por primera vez se puso en práctica la anastilosis (González 1977:7), o en Palenque, cuyas primeras restauraciones se hicieron por amor a la obra de arte en franco estado de deterioro. En otros, se dio a los monumentos un nuevo esplendor que fue mucho más allá de los límites de la evidencia para entrar en el plano de la imaginación, la escenografía, y la hipótesis.

En el mundo, la restauración data de tiempos inmemoriales, y surge por el afán de preservar lugares de gran significado cultural ligados a tradiciones sociales y religiosas; pero no fue sino hasta el siglo XIX cuando se comenzó a discutir el porqué y el cómo llevar adelante la tarea. Ello dio inicio a una controversia entre dos criterios extremos: uno que pretendía no intervenir con los procesos de destrucción o hacer el mínimo posible para estabilizar el monumento, y el otro, que se inclinaba por hacer una reconstrucción total de la ruina para devolverle todo su esplendor.

Fueron el crítico de arte John Ruskin (1819-1900), de origen inglés, quien influenció los gustos de los intelectuales victorianos, y el arquitecto francés Eugene Emmanuel Viollet-le-Duc (1814-1879), quienes se destacaron por defender posturas aparentemente extremas e irreconciliables. Viollet-le-Duc, que restauró gran número de monumentos en Francia, entre ellos la Catedral de Notre Dame de Paris (Encarta 2000), consideraba que tomando como base el análisis de los documentos y las evidencias existentes, los monumentos debían reconstruirse por completo. En cuanto al crítico Ruskin, quizás mal interpretado por muchos, no consideraba apropiada la restitución de faltantes y muchos menos una restauración burda fundamentada en hipótesis, sin ningún respeto por la obra original. Al respecto dijo:

"La restauración puede llegar a ser una necesidad, de acuerdo. Encarad la necesidad y aceptadla, destruíd el edificio, arrojad sus piedras al sitio más apartado, haced de ellas lastre o mortero… mas hacedlo honradamente, no lo reemplacéis por una mentira…"
(Ruskin 1963:199-200, citado por Molina 1975:17).

La tendencia a reconstruir, recreando la obra de arte hasta un estado completo, y las obsesiones por evitar tal cosa, se pueden detectar todavía en nuestros días. Algunos piensan como Viollet-le-Duc, pero no faltan los partidarios de Ruskin que defienden la postura de dejar los monumentos tal como se encuentran, o de hacer las mínimas e indispensables intervenciones para que éstos subsistan.

A mi modo de ver, y como ampliaremos más adelante, ambos tienen parte de razón, pero resulta indispensable tomar en cuenta otros factores esenciales para poderlos entender en su justa dimensión. Por ahora, y como antecedente, baste decir que aquello que se pensaba en el siglo XIX no ha evolucionado demasiado, tanto en lo que se refiere a conceptos filosóficos como en cuanto a técnicas. Inclusive, y como ya mencionamos más arriba, todavía no existe un consenso general acorde con la realidad del patrimonio cultural prehispánico.

En el extremo opuesto, encontramos que muchos proyectos arqueológicos no tomaron en cuenta la necesidad de conservar, dejando las excavaciones abiertas y los edificios abandonados. A modo de ejemplo podemos mencionar a Lamanai, Al Tun Ha y Lubaantun en Belice, aunque no son los únicos ejemplos. Esta tendencia, además de poner en evidencia la escasa fuerza de las instituciones gubernamentales, se dio en el entendido de que la conservación era una obligación que le correspondía a los países que poseían los bienes culturales, y no al investigador que los estudiaba.

En cierta forma ésto es cierto en lo que a conservación se refiere, pero es obvio que quien abre un hoyo y causa un daño, cualquiera que éste sea, debe también hacerse cargo de su responsabilidad y repararlo como una parte integral de sus actividades, pues conservar es una labor permanente, en tanto que restaurar, o reparar los daños asociados con la investigación, deben ser tareas inherentes a aquellos que causaron el daño.

Mi carrera en el campo de la arqueología, la restauración y la conservación de monumentos, se inició en Mixco Viejo, Guatemala (1962), y continuó luego en Kaminaljuyú y Tikal (1956-69). Entre 1970 y 1980 dirigí el Parque Nacional Tikal, y fue en esos años cuando tomé clara consciencia de la responsabilidad que adquirimos cuando excavamos y exponemos monumentos al público utilizando métodos inadecuados. Esta posición me dio, además, la oportunidad de ensayar algunas formas de trabajo conjunto entre arqueología y conservación, que pueden sernos de ayuda para cumplir cabalmente con dicha responsabilidad.

El Proyecto Copán IIa Fase (1980-85) fue planificado para que los trabajos arqueológicos se hicieran en primer lugar, y el restaurador llegara al final. Al igual que en otros proyectos, mi presencia como Director de Restauración (1981-85) ayudó a poner en evidencia la necesidad de coordinar las acciones con un sentido multidisciplinario. Como regalo de Dios, me encontré con William Fash y con su esposa Bárbara, con quienes logramos coordinar, exitosamente, algunas acciones experimentales que dieron forma y fundamento a nuestras actividades futuras.

Dichas experiencias, sumadas al entusiasmo de los Fash, nos permitieron fundar el Proyecto Mosaicos de Copán, seguido por el más exitoso de todos los programas, que tuvo por nombre "Proyecto Arqueológico Acrópolis de Copán" (PAAC 1985-1996), y cuyo objetivo fue el de analizar la escultura mosaica para intentar ubicarla, hasta donde fuera posible, en su contexo arquitectónico, arqueológico, y temporal. Aunque peque de inmodestia, debo decir que fue un modelo de coordinación digno de imitar, y donde los trabajos de conservación jamás se consideraron ajenos.

Desde 1992 y hasta la fecha, he distribuido mi tiempo como consultor en distintos proyectos e instituciones internacionales, tanto en Guatemala, como en Honduras, El Salvador, Belice y México. Consecuentemente, este trabajo es, en gran parte, el resultado de treinta y ocho años de experiencia personal, debiendo asumir la responsabilidad por los aciertos que a continuación he de describir, y también, por supuesto, de los errores que pueda haber cometido.

En cuanto a lo que resta del área maya las cosas no han sido muy diferentes, pues la mayoría de los trabajos realizados en el pasado, e incluso algunos proyectos contemporáneos, siguen divorciados de los restauradores profesionales, siendo los mismos arqueólogos quienes asumen esa responsabilidad. El arquitecto Augusto Molina Montes, en su libro La Restauración Arquitectónica de Edificios Arqueológicos, dice:

"En las últimas décadas se ha dado una exagerada y, en muchos casos, indebida primacía a la ’reconstrucción’ como fin y meta de un número importante de proyectos oficiales de la arqueología mexicana…  …a pesar de los numerosos trabajos de reconstrucción que se han realizado en México, ha habido muy poco interés en los aspectos teóricos y conceptuales de la restauración de monumentos arqueológicos…"
(Molina 1975:5)

Por todo lo dicho anteriormente, agradezco profundamente a FAMSI por su apoyo, gracias al cual puedo ahora escribir este informe y agregar algunas vivencias experimentadas durante mi último viaje por cuarenta sitios restaurados del mundo maya. En ellos pude ver algo de lo mucho que se ha hecho y parte de lo que se está haciendo en la actualidad. Este viaje fue de gran ayuda para tejer un marco de referencia, para algunas conclusiones posteriores.

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