Enlaza con Figura antropomorfa de barro de la tradición de las "tumbas de tiro" que representa un individuo cornudo con un objeto en la mano (Colima). Eduardo Williams
El Antiguo Occidente de México: Un Área Cultural Mesoamericana
 

Periodo Formativo Tardío (ca. 500 a.C. - 0 d.C.)

Durante el siguiente periodo, llamado Formativo tardío, contamos ya con una base de datos más amplia que permite la comparación sistemática con otras áreas de Mesoamérica, tanto de estilos cerámicos como de otros elementos culturales, incluyendo patrones de asentamiento, formas de subsistencia, estratificación social, etcétera. El sitio mejor conocido del Occidente en este periodo es Chupícuaro, Guanajuato, situado en la cuenca sur-oriental del Río Lerma (Figuras 11, 12, 13, y 14). La gente de Chupícuaro construyó pocas estructuras más elaboradas que simples casas de bajareque con suelos de arcilla, y algunos drenajes cubiertos de piedra. Según Beatriz Braniff (1989: 108), los ejemplos de arquitectura de carácter cívico o religioso pertenecientes a este complejo arqueológico, que son pocos, se concentran en el sur del estado de Guanajuato, y constan de una plataforma rectangular con construcciones superpuestas que recuerda la de Tlapacoya, y una versión de la geometría tetraespacial, aunque falta un lado. Estas estructuras pueden considerarse monumentales, pues alcanzan entre 80 y 120 m por lado. Además exsiste una pirámide circular en Chupícuaro, y una construcción circular en la región de Salvatierra, Guanajuato.

Chupícuaro fue un sitio habitacional en el cual los metates y manos indican el método común de procesar el maíz. La caza probablemente seguía siendo importante, aunque los artefactos o armas de piedra no fueron numerosos. Sin embargo, ésta no fue una existencia libre de conflictos para los habitantes de la región, a juzgar por los "cráneos trofeo", los esqueletos decapitados y los entierros de cráneos aislados encontrados en Chupícuaro (Porter Weaver 1969: 8).

La tradición cerámica de Chupícuaro es una de las más conocidas del Occidente; incluye figurillas de cerámica decoradas con motivos geométricos, así como una gran variedad de formas de vasijas, incluyendo la "boca de estribo".

Este sitio jugó un papel muy importante durante la fase Tezoyuca o Cuicuilco IV del centro de México (ca. 200-100 a.C.), enviando al valle de México grandes cantidades de figurillas antropomorfas del tipo "H4" y de "ojos rasgados", así como las características vasijas policromadas. La tradición Chupícuaro ejerció una gran presión sobre la cuenca de México, contribuyendo al colapso de Cuicuilco (Porter Weaver 1969: 9). La ocupación humana en el área probablemente llegó a su fin hacia el inicio de la era cristiana, aunque la tradición Rojo sobre Bayo que persiste en el "horizonte tolteca" conserva algunos motivos, estilo y técnicas notablemente parecidos a los de Chupícuaro, aplicados sobre formas distintas (Porter Weaver 1969: 14; cf. Braniff 1972, 2000).

El Río Lerma forma un corredor natural hacia áreas del Occidente accesibles desde el centro del país. Puesto que este río ofrece una línea de comunicación bien definida y de fácil tránsito, es razonable suponer que el asentamiento inicial hubiera tenido lugar sobre los márgenes del río. Además de la fácil comunicación, los arroyos tributarios del Lerma ofrecieron nichos ambientales únicos, adaptables a la tecnología agrícola traída por los pioneros (Florance 1985: 43). Según Boehm de Lameiras,

las características de la cuenca del Lerma hasta Chapala permiten suponer que el atractivo para su utilización agrícola pudo haber sido su potencial chinampero. Cabe recordar que el río avanzó muy lentamente llenando con sus depósitos aluviales lo que hoy son extensas llanuras y, en aquel entonces, una serie de lagos escalonados que vertían sus excedentes de uno al otro con grandes fluctuaciones estacionales de inundación y desecación (Boehm de Lameiras 1988: 20-21).

La cronología de ocupación dentro del Formativo tardío y terminal en la cuenca del Río Lerma sugiere una subsistencia basada en la agricultura sedentaria. La consideración de factores ambientales en relación con la distribución de asentamientos no deja duda de que los lugares para asentarse se escogieron principalmente por la proximidad a micronichos donde la productividad agrícola podía ser maximizada y los riesgos agronómicos minimizados (Florance 1989: 565).

La comparación de asentamientos del Formativo tardío y terminal en el sudoeste de Guanajuato con los de la cuenca de México reveló que los tipos más pequeños de sitio identificados en la cuenca –caseríos, caseríos pequeños y loci de una sola familia—predominan en esta porción del Occidente. Los asentamientos del Formativo en el sudoeste de Guanajuato, lejos de representar un sistema cultural dominante en la región, reflejan a simples aledas agrícolas con escasa complejidad sociopolítica. Pueden entenderse como componentes de un sistema cultural autóctono, centrado en una de las cuencas lacustres asociadas con el Bajío (el área del río Lerma y sus alrededores) (Florance 1989: 683-685; cf. Braniff 1989, 2000).

Se han encontrado restos cerámicos de estilo Chupícuaro en una muy extensa región de Mesoamérica, desde La Quemada, Zacatecas, en el norte, hasta Gualupita, Morelos, en el sur (McBride 1969: 33). Después del fin del apogeo de Chupícuaro, este estilo cerámico no desaparece por completo, sino que perdura –aunque modificado—hasta el Postclásico, por ejemplo en el tipo Rojo sobre Bayo, entre otros (Braniff 1972: 295). No ha sido fácil establecer una cronología segura para Chupícuaro, por la falta de excavaciones estratigráficas en el área y de fechas confiables de radiocarbono. Sin embargo, las recientes investigaciones en el sitio de La Tronera, Guanajuato, sugieren una ubicación para Chupícuaro entre 400 y 100 a.C. (Darras y Faugere 2004).

En Jalisco se han encontrado materiales del Formativo medio (fase San Felipe, 1000-300 a.C.) en varias localidades dentro del norte de la zona lacustre. Es frecuente la arquitectura compuesta de montículos funerarios circulares u ovalados y plataformas, estas últimas frecuentemente construidas sobre las laderas de los cerros. Los montículos usualmente se localizan en la parte superior de la playa, o en las primeras terrazas sobre ella. Se encuentran colocados a intervalos regulares alrededor de los lagos; su esquema de organización parece reflejar centros ceremoniales basados en aldeas, con escasa evidencia de integración política a mayor escala (Weigand 1989: 42).

Los restos de habitación asociados con estos centros incluyen fragmentos de metates, tiestos de ollas y lascas de obsidiana. La densidad de estos elementos es ligera, pero la evidencia sugiere que los centros sirvieron como lugares de residencia a por lo menos una parte de la población de cada sistema sociopolítico.

Por otra parte, la fase El Arenal (ca. 350/300 a.C.- 150/200 d.C.) parece representar la culminación del "culto funerario" asociado con el periodo Formativo en la región, así como la consolidación de los patrones básicos y asociaciones de la arquitectura que vemos en las subsecuentes fases arqueológicas pertenecientes al periodo Clásico (Weigand 1989: 42).

La ocupación del Formativo en la región del bajo Balsas, otra de las grandes cuencas fluviales del Occidente, se representa por la fase Infiernilo (ca. 1200 a.C.- 500 d.C.). este periodo se caracteriza por la presencia de grupos humanos con asentamientos permanentes formando pequeñas aldeas a lo largo del río. Asimismo, por la ocurrencia de artefactos de molienda y los restos de otros materiales, se piensa que practicaban la agricultura y complementaban su dieta con la caza y recolección. En sus costumbres funerarias estos grupos se caracterizan por tener un modo de enterramiento primario, sobre todo la posición extendida en sus distintas variantes (Cabrera 1986: 126).

Por la cerámica, se infiere que los habitantes del bajo Balsas –Michoacán y Guerrero—tuvieron fuertes relaciones culturales con grupos de la costa, no solamente de Guerrero, sino de todo el litoral del Pacífico hasta Guatemala. Por otra parte, la región del bajo Balsas durante este periodo no sólo tenía contactos con grupos del sur, sino que por la presencia de trompetas de caracol y otros materiales de concha provenientes del Caribe, se infiere que se mantenía comunicación con esa región (Cabrera 1986: 127).

Página Anterior  |  Contenido  |  Próxima Página

Regrese al comienzo de la página